Para escuchar leyendo: Oración del remanso, Jorge Fandermole.
En las últimas semanas el periodista Christopher Hale ha revelado que el Pentágono convocó al cardenal Christophe Pierre a una reunión sin precedentes. El hasta hace poco nuncio apostólico en E.EU.U. fue citado en este lugar por el subsecretario de Defensa de EE. UU., Elbridge Colby (algo inédito con funcionarios de El Vaticano), para una reunión de presión luego de las declaraciones del papa León XIV ante el cuerpo diplomático en la Santa Sede, rechazando las acciones militares en Irán.
El mensaje, según Hale, fue claro: la Iglesia debía alinearse con la política exterior de Washington. Y para ilustrar el peso de esa exigencia, alguien en esa sala invocó el Papado de Aviñón, ese periodo de casi siete décadas del siglo XIV en que la Corona francesa obligó al papado a trasladar a esta ciudad la sede apostólico, para mantenerlo bajo su propia sombra.
La referencia fue pensada como advertencia. Suena en cambio como confesión.
Porque invocar Aviñón admite sin quererlo que no se tiene argumentos. Que lo único al alcance de ese proyecto es la fuerza. Y la fuerza, en la historia de la Iglesia, ha ganado batallas, pero ha perdido siempre la guerra. Los papas de Aviñón son hoy una nota al pie de una historia milenaria. Felipe IV de Francia es recordado, precisamente, por haber intentado eso.
El trasfondo también trae luces necesarias. El Santo Padre León XIV calificó de «verdaderamente inaceptable» la amenaza de Trump de aniquilar «toda una civilización» si Irán no cedía. Más aún, declaró que Dios “no escucha la oración de quienes hacen la guerra y tienen las manos llenas de sangre”.
Si las declaraciones parecen poco, en lo simbólico el papa también ha dado pasos que refuerzan su defensa a la paz universal. Formalmente, El Vaticano rechazó la invitación de acompañar en Washington el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos. En cambio, el 4 de julio el papa visitará la isla de Lampedusa, un punto de entrada de alto riesgo para inmigrantes y refugiados, muchos procedentes del norte de África.
El primer papa estadounidense pasará el 250 aniversario de la independencia de su país en una pequeña isla, junto a los migrantes que la política de Trump expulsa. No es un gesto. Es una declaración teológica y pastoral.
Permítanme recordar, queridos lectores, uno de mis pasajes favoritos de la Biblia.
Poncio Pilato, el gobernador romano, hombre del imperio más poderoso de su época, le preguntó a un predicador encadenado:
Quid est veritas? — ¿Qué es la verdad?
Y salió sin esperar respuesta. No por ignorancia, el poder nunca necesita respuesta: él cree ser la respuesta.
Al salir al encuentro con el pueblo que quería condena, Pilato respondió con una frase que es, a la vez, anagrama y respuesta de su propia pregunta:
Est vir qui adest. — Es el hombre que está aquí presente.
El anagrama no es un juego de palabras. Es una teología completa, la Verdad no es una abstracción filosófica que el poder puede administrar o suprimir. Es una presencia encarnada. Es el que está en frente, mirándote a los ojos, mientras buscamos la salida que tenemos en realidad dentro (como San Agustín, el guía teológico del mismo papa).
León XIV no cae en la discusión altisonante en la que tan bien se mueven quienes lo retaron con el recuerdo de Aviñón. No, el papa está haciendo lo que han hecho sus predecesores que la historia recuerda bien: pararse frente al poder, señalar a los inocentes, y repetir —con la certeza de una fe que se basa en la vida y en el amor— que no queremos la guerra, queremos la paz. Su lugar el 4 de julio no será la Casa Blanca. Será una isla de náufragos.
Est vir qui adest. La verdad es el hombre que está ahí. El Pentágono puede convocar embajadores, invocar precedentes medievales y medir correlaciones de fuerzas. Pero no puede estar en Lampedusa.
Pilato tampoco pudo, ningún imperio ha podido. Jesús fundó su Iglesia en una piedra imperfecta, la primera que quiso destruirla. En esa dulce paradoja, y en la certeza de la vida, descansa la tranquilidad de enfrentarse al poderoso de turno.
Ah, por cierto, si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe.
¡Ánimo!
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/