La política del dolor, la politica de la infamia

Los muertos por lo general no son más que una cifra en las estadísticas de salud. Vivimos en un mundo bombardeado por los datos que nos mantienen anestesiados ante el dolor, ante la carencia, ante el crimen, ante la fragilidad de la vida y nos acostumbramos a que se volvieran simplemente una cifra que tapa todo: la violencia, la precariedad, la falta de acceso a servicios. Pero aun así hay casos que nos impiden seguir sedados, indiferentes ante el dolor.

Esta semana Colombia pasa por uno de esos casos:

Kevin Arley Acosta era un niño de siete años que murió por un ataque hemofílico después de haberse caído de su bicicleta. Su familia llevaba buscando alguna manera de financiar el tratamiento médico que necesitaba desde diciembre cuando la Nueva EPS dejó de cubrirlo dentro de su plan.

Después de caerse de su bicicleta Kevin estuvo sangrando por los ojos, los oídos y la nariz por un día, tuvieron que trasladarlo a Bogotá para recibir tratamiento y lastimosamente murió al ser trasladado. Con las reformas al Sistema de Salud de Gustavo Petro este viene debilitándose cada vez más, pues la intervención del Estado ha provocado escasez de medicamentos, desorden en el funcionamiento interno de las EPS, a los hospitales y a las farmacias. Debido a esto Kevin Arley Acosta Pico, un niño de siete años fue el primer paciente en morir por hemofilia desde hace veinte años.

Una historia indignante, que ha conmovido al país, pero no lo suficiente a sus gobernantes de turno: en una alocución del Consejo de Ministros Guillermo Alfonso Jaramillo, ministro de salud, dijo sin vergüenza que “los niños que sufren de hemofilia tienen que estar restringidos en muchas actividades”; por su parte Petro declaró que la familia había fallado en prevenir los riesgos a los que se vio expuesto.

¡Qué decencia, qué muestra de humildad y de empatía ante el dolor de los demás! Salir a echarle la culpa a una familia que acaba de perder a un niño, cuando sus decisiones son las principales responsables de que una tragedia así ocurriera. Esta actitud tan lamentable y mediocre, sin embargo, no es nueva.

Hemos normalizado que gobernar sea el arte del cinismo, y que los presidentes, ministros y demás funcionarios de un gobierno, por tratar de estar justificándose estigmatizan y revictimizan a la población civil.

Hay frases que han pasado a la historia, como las del expresidente Álvaro Uribe quien, al hablar de los jóvenes desaparecidos en Soacha “no iban a recoger café, iban con propósitos delincuenciales”; más recientemente en el gobierno de Iván Duque cuando le preguntaron por un bombardeo donde fueron atacados menores de edad el entonces presidente respondió “¿De qué me hablas, viejo?”, e igualmente el exministro de defensa Diego Molano, en una acción militar parecida a la anterior declaró que los menores eran “máquinas de guerra”.

Aunque sean de tendencias distintas en todos estos casos hay una actitud en esencia igual: soberbia, inconsciente, que pasa por encima de la gente creyéndose moralmente superior hasta tal punto en el que no importan los daños, el sufrimiento, y en la que estos líderes no son capaces de reconocer sus errores y aceptar la responsabilidad por sus actos.

¿Qué pasa a largo plazo con este tipo de discursos? Pues, al pensar en algunos de estos eventos me doy cuenta de una cosa:

Esta mañana vi un video de Uribe poniéndole a un burro una camiseta que decía “uribestia” como parte de la campaña del Centro Democrático. Me llamó la atención cómo él, Álvaro Uribe, el que algunos llaman “El Gran Colombiano” les decía a sus seguidores “queridos uribestias”. Puedo decir sin temor a equivocarme que muy poquitas veces en mi vida he visto algo tan ridículo.

El uribismo, al parecer, es un movimiento político que ha generado tanta división, tanta apatía y tanta desconfianza que uno de los políticos más influyentes de la historia de Colombia se ve desesperado haciendo payasadas para que su partido siga teniendo fuerza. Al parecer el cinismo y la soberbia tienen cuenta de cobro, y no dudo que el petrismo (que irónicamente se fortaleció de los casos mencionados) también tenga deudas pendientes dentro de unas elecciones.

La congresista Jennifer Pedraza en una publicación de Instagram afirmó que un país que le dice a un niño enfermo que no juegue en vez de darle tratamiento no está previniendo riesgos, sino normalizando la precariedad, algo en lo que estoy totalmente de acuerdo. Al final el caso de Kevin nos muestra el dolor detrás de una cifra, así como la mediocridad, la negligencia y la maldad que hemos normalizado. ¡Ojalá esto sirviera para curar a un sistema enfermo!  

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/miguel-echavarria/

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