¿Quién va a cantar?

Me enteré de la muerte de Rubén Rada por una notificación en la pantalla del teléfono. Hay noticias que no solo registran la pérdida de una vida, sino que alteran de inmediato nuestro estado de ánimo. Rada era bastante más que un virtuoso del candombe o un referente imprescindible del Río de la Plata. Era la prueba de que la alegría puede ser una postura rigurosa, una forma de dignidad y una decisión de vida que se niega a someterse ante la pesadez.

En el año 2000, al inicio de un siglo que prometía certezas globales y ha terminado hasta ahora ofreciendo desconcierto, Rada lanzó una canción con un título que hoy resuena con la fuerza de una advertencia: «¿Quién va a cantar?». El texto de aquel tema no era una preocupación de la industria ni un reclamo ególatra. Hablaba del cansancio que mata la alegría, de la globalización del pensamiento único y de un mundo reducido a la lógica de la máquina de trabajar. Con una lucidez desarmante, Rada intuía que el verdadero riesgo del futuro era la evaporación de la fantasía y el acorralamiento de la poesía por cuenta del cálculo.

Esa pregunta nos confronta en un presente global especialmente áspero. Basta mirar el mapa de este tiempo para comprobar el avance contagiado de una extrema derecha que opera en red, desde las victorias del populismo autoritario en América hasta la consolidación de los discursos identitarios y punitivos en Europa. En distintas latitudes, el poder ha vuelto a enamorarse de la severidad. La política se entiende cada vez menos como la construcción de un espacio común y cada vez más como un espectáculo del castigo, una retórica del ceño fruncido donde la discrepancia se sospecha, el racismo busca parentescos institucionales y la diferencia se persigue como una amenaza al orden.

Las extremas derechas de hoy no buscan convencer; necesitan sometimiento. Prosperan donde el miedo se convierte en la única moneda de cambio y donde los ciudadanos, abrumados por la incertidumbre económica o el ruido de las redes, entregan sus libertades a cambio de una ilusión de firmeza. Para que ese mecanismo funcione, el autoritarismo requiere que la conversación pública se vuelva uniforme. Necesita que el ruido de sus consignas ahogue todo lo demás.

La música del negro nunca necesitó del panfleto ni de la consigna fácil de una izquierda de manual que sobre simplifica la realidad. La radicalidad de su obra radicaba en otra parte: en la celebración del mestizaje, en la defensa de la calle como territorio de encuentro y en la certeza de que la cultura popular es insobornable. En sus versos, Rada pedía presidentes que rimaran con la gente y un reparto más coherente en un planeta con identidad. Cantaba desde el margen para recordarnos que la fragilidad humana exige compasión. Y eso es algo que los caudillos de mano dura jamás le perdonan al arte. 

Nos quedamos sin el músico uruguayo justo cuando el clima del mundo se vuelve más abyecto y mezquino. Frente a gobiernos y movimientos políticos que miran la diversidad con recelo y la libertad de pensamiento con desdén, la ausencia de tipos como Rada capaces de oponer la calidez a la paranoia se siente como una intemperie. Cada músico le canta a su tiempo y que se apague la llama de Rada asusta, porque los que acá van quedando le cantan al dinero, al lujo y la lujuria, a la superficial de una vida de consumo. No se hace música hoy para pensar y para bailar. Se hace música mediocre que refleja someramente el vacío de contenido de la humanidad. 

¿Quién va a cantar? dejó escrito el negro Rada. La respuesta no saldrá jamás de los estrados del poder ni de los comunicados oficiales. Cantar, en la lección que nos deja su vida, es la decisión terca de no permitir que el cinismo nos arrebate la empatía, ni que el miedo globalizado nos convenza de que no hay otra forma de estar juntos.

Adiós negro, lástima no cumplirte lo de la rica plena. Tu ausencia si deja mucha pena. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-machado/

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