Administrar egos es una labor compleja, agotadora. No es sencillo compartir una habitación donde cada persona cree tener la razón y asume que su camino es el único correcto.
La presidencia de un país, por definición, convoca egos fuertes. Por eso es valioso que existan personas dispuestas a deponerlos, en distinto grado, en función de un propósito superior.
Para mí la Gran Consulta no es un club de candidatos. No. Ellos representan algo distinto (al menos por el momento). Se convirtieron en un equipo de rivales. Este grupo de mujeres y hombres coinciden en que Colombia está por encima de sus nombres y sus aspiraciones. Aciertan en ello. Cada uno ha invertido tiempo, recursos y capital político para representar al país, incluso sabiendo que solo uno llegará.
Este movimiento, que cada día cobra más relevancia y llama más la atención de los colombianos, me recordó el libro ‘Team of Rivals’, de la biógrafa e historiadora Doris Kearns Goodwin. Contaba Goodwin en su libro que, en lugar de rodearse de figuras dóciles o sin criterio propio, Abraham Lincoln integró a su gobierno a quienes habían competido con él por la presidencia: Seward, Chase y Bates, todos más famosos, experimentados y, en principio, más prestigiosos que él. En plena Guerra Civil, Lincoln prefirió rodearse de competidores antes que de aduladores, porque entendió que el país necesitaba el mejor talento, no el más obediente.
La analogía me gusta, pues bajo ella subyace una idea arraigada en nuestro país: que una sola persona tiene las capacidades para solucionarnos la vida. En Colombia necesitamos más humanos y menos mesías.
Equipo de rivales es un oxímoron, es decir, una contradicción con sentido. Los integrantes de la Gran Consulta compiten entre sí; pero, al mismo tiempo, se exigen para que den lo mejor de sí, pues saben que si a uno le va bien, a los demás también. Son nueve jugadores que compiten, sanamente, por una misma posición. No hay un cálculo político siniestro: hay la convicción de que, si gana uno, ganan todos, y con ello gana la democracia.
Cada aspirante cree estar capacitado para liderar, pero reconoce que los demás también lo están, en mayor o menor medida. La Gran Consulta está mostrando (y espero que así se mantenga) que el liderazgo auténtico integra y no excluye. Como Lincoln, que supo que un país fracturado necesitaba pluralidad, no unanimidades artificiales.
La hipótesis es que el verdadero liderazgo no se basa en eliminar la competencia, sino en canalizarla hacia un propósito común. Para mí, una de las principales diferencias con la fallida Coalición de la Esperanza es que la Gran Consulta no persigue una unanimidad artificial, sino una convicción que supera las diferencias.
Si se me permite una sugerencia para estos nueve aspirantes, les diría: una vez dejen de ser rivales, lo cual sucederá en la tarde del 8 de marzo, cuéntenle a Colombia que se han convertido en un equipo. Que quien resulte elegido gobernará con el respaldo crítico y propositivo de los demás, que trabajará con coequiperos que le permitirán gobernar para todos los colombianos con integridad, decisión, ética y, sobre todo, con una mirada integradora que recoge distintas visiones para salir de la compleja situación en la que nos deja un gobierno que no hizo otra cosa que seguir los caprichos de su ego.
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