Vuelve y juega: elecciones y emociones tristes

La política es compleja. Entender la toma de decisiones en ella conlleva tal sinnúmero de variables que los modelos de análisis tradicionales no dan cuenta de dicha realidad. Es normal que, al acercarse las elecciones, y unas tan trascendentes como las presidenciales para Colombia, haya preguntas clave.  Una recurrente es por qué vota la gente por ciertos personajes en particular.

Desde la ciencia económica uno esperaría que fueran las ideas, los programas de gobierno, la definición y priorización de los problemas y las alternativas de solución; no obstante, es cada vez más evidente que la gente está anteponiendo las emociones -las que transmiten los candidatos y las que guían las decisiones de los votantes- al resto de cosas enunciadas.

Los economistas poco hablamos de emociones. Nos las reservamos para las discusiones no públicas y para temas más personales que sociales. En nuestros modelos teóricos, usualmente los valores, creencias y todo aquello que sea difícil de medir queda oculto bajo el supuesto del “Ceteris paribus”, o “el resto constante”.

El principio básico de análisis de los economistas es que los seres humanos somos “racionales”, eso significa que en cada elección que hacemos, sopesamos costos y beneficios y siempre, siempre, buscamos la alternativa que nos deje el balance más positivo. Por supuesto, esta es una sobre simplificación, pues, de nuevo, son muchos los supuestos detrás de esta lógica.

Uno de ellos es que, para tomar la mejor decisión, tenemos información completa, sin esta, es poco probable que lleguemos al resultado óptimo, esto es, el que maximiza nuestro bienestar.

Dada la complejidad de la política, justo ese supuesto es bien difícil de cumplir. Como votantes no tenemos toda la información para ejercer el voto porque es tal la magnitud de información que termina siendo más “racional” votar con un mínimo de información frente a los beneficios de votar -un voto no hace la diferencia en el resultado. Incluso si estuviéramos dispuestos a leernos todos los programas de gobierno, no tenemos la opción de votar por cada propuesta, lo hacemos en paquete, esto es, nos pueden gustar algunas de las propuestas, pero no necesariamente todas, aun así, tenemos que acogernos al programa de gobierno del candidato por el cual votamos.

Así las cosas, votamos con una racionalidad muy limitada que se alimenta más de emociones que cualquier otra cosa.

Dice Mauricio García que Colombia es un país de emociones tristes y ejemplifica estas como el odio, la envidia, el miedo, la venganza y el resentimiento. Si los ciudadanos votan más desde las emociones que desde la racionalidad, entonces los sentimientos que impulsan las decisiones a la hora del voto en el país están produciendo un resultado desde el malestar y no desde el bienestar. Por lo menos en los últimos 25 años hemos estado votando más desde el miedo: miedo a la guerrilla, miedo a emular al país vecino, Venezuela, miedo a concepciones distintas del desarrollo. Ya de por sí, en muchos casos, quienes se abstienen de votar, aducen emociones tristes como la desesperanza, la desconfianza o la resignación.

Pero también más recientemente se ha votado por el cansancio frente a los discursos centralistas, elitistas si se quiere, los que nacen del privilegio, aquellos que no han entendido que el país si requiere reformas estructurales que propendan por una sociedad menos desigual y que ese cambio no vaya a paso de tortuga porque ni en dos siglos más estaríamos obteniendo resultados tangibles y transformadores.

Pareciera que nos estamos enfrascando de nuevo en la dicotomía de las visiones extremas. Sembrando odio por doquier, señalando enemigos y acallando a quienes no se identifican con los extremos ideológicos. Lo desalentador de este proceso, cada vez más repetido, es que, como lo expresa, Brené Brown, la discusión pública se plantea para silenciar la discrepancia, sofocar el debate, el diálogo y las preguntas, siendo justamente estos los procesos que nos llevan a la resolución real de los problemas.  

Esta campaña política está marcada de nuevo por el miedo, la intensidad emocional y la falta de debate profundo sobre nuestros problemas estructurales. Difícilmente bajo este escenario podamos resolverlos y serán cuatro años más de retrocesos y pocos avances relevantes y sostenibles para el bienestar de la gente.

¿Cómo cambiar este resultado? Será acaso como vociferan algunos que es necesario que los ciudadanos sean “más cultos” “más educados” y no voten desde las emociones sino desde la “racionalidad”. O será más bien transformando las emociones que están guiando nuestras elecciones colectivas. Creo que esa transformación será difícil que se de en el corto plazo. Nuestra sociedad aún está rota tras décadas de violencia y desigualdad y  aún nos falta un largo trecho para pasar del odio al dolor, y del dolor a la sanación.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/piedad-restrepo/

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