Volver al silencio

a Alejo, que preguntó para qué escribo. 

Visito el cementerio Sihlfeld de Zúrich. Me quito los audífonos y me dejo hablar. Siento la necesidad de silenciar el celular. Lo pongo en modo avión, como si, un poco iluso y empeliculado, también quisiera bloquear cualquier interferencia cibernética. Quiero volver al presente. Volver al silencio. 

No encontré vendedores de flores. Me aterra entrar con las manos vacías. Pienso en tomar una piedra del suelo y llevarla como ofrenda, tal como en Japón, pero me parece insuficiente. La piedra ya estaba adentro del cementerio. Me gusta creer que la ofrenda viene de afuera (¿o eso es adentro?). 

Reviso los objetos que cargo conmigo. Encuentro una hoja en blanco. Podría escribir algo y dejarlo. Descarto la idea al descubrir que había perdido el lapicero. Aun así, se me ocurre dejar la mera hoja en blanco. Un poema del silencio. ¡Bah! También lo descarto. Seguramente alguien lo tomaría y, al ver la ausencia de palabras, lo arrojaría a la basura como una servilleta, una página vacía. 

Nadie lee el silencio. 

Lo primero que encuentro son esculturas. Hay unas tristes: una mujer que llora recostada sobre la tumba; un hombre y una mujer que lloran recostados sobre el cuerpo de una mujer que pareciera ser la Virgen María. Me sobrecogen. Me parecen unas compañeras pesadas para la muerte. Me recuerdan la espantosa posibilidad de esa tristeza infinita, como la mirada de esa virgen (cuyo rostro es el único que vemos, los otros dos se ocultan, llorando, entre sus brazos). 

Me quedo con una escultura bellísima. Se trata de una mujer que abre una puerta y ahí se queda. En el medio. La puerta entreabierta. Un pie adentro, un pie afuera. La mirada, eso sí, fija hacia afuera. Como si siguiera despidiéndose. Buen viaje, le digo. Encuentro belleza en su mirada, en su mano que sostiene la puerta y en su caminar hacia adentro (¿o eso es afuera?). En esa posibilidad de lidiar con el peso de la tristeza, sin revivirla pero sin ignorarla. 

Su caminar me recuerda los zapatos de mi abuela. Rosados y con flores bordadas. Perfectos para jardinear en la finca. Siempre estaban en el vestier de su habitación. Cuando murió, nadie se atrevió a moverlos. De vez en cuando regreso a su habitación, abro la puerta del vestier y me detengo a ver sus zapatos. 

Sigo caminando. Encuentro varias tumbas. Están muy juntas entre senderos estrechos. Pienso en lo improbable que es escoger la persona que estará a nuestro lado en la tumba. Claro, salvo los mausoleos familiares, aquí hay personas diferentes, de familias diferentes, muy juntas. ¿Quién será nuestro compañero de lecho? Vecino del otro lado de la puerta. Enigma post mortem. 

Camino intentando conservar el mayor silencio posible, quiero respetar esa solemnidad tan propia de la ausencia de ruido. Intento levitar. Escucho el llanto de un bebé. Se rompe el silencio. Una escena que, de noche y en cualquier película de terror, resultaría tétrica. Sin embargo, pienso en la distancia entre su llanto y el silencio de estos nombres en alemán que se roban mi mirada. Es una distancia aparente. No deja de ser incierta, variable, impredecible y, a veces, corta, muy corta. 

Me topo con los osarios. Conservan cierta estética. Diferentes a los de Colombia. Aquí todos obedecen la misma tipografía y decoran sus placas con signos similares. Veo grabados de un carro, una flor, un velero, una paloma… Pienso en el grabado que escogería para mí. No lo sé. ¿Algún día lo sabré? ¿A quién le corresponderá esa tarea? Memento mori, me digo. 

La cabeza se me llena de palabras. Tomo asiento en una banca que está detrás de las tumbas de Jörg Kapp Müller y Heidi Kapp Müller. No tengo lapicero. Abro las notas del celular. Escribo. Para dejar de pensar. Para drenar el ruido. Para volver al silencio.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/

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