A estas alturas de la contienda electoral podrá sonar extraña mi predicción, arriesgada si se quiere, pero creo que la persona que se posesionará el 7 de agosto del 2026 en la Plaza de Bolívar no será ninguna de las dos que hoy marcan el favoritismo en las pocas encuestas que se han publicado.
He aquí algunas de las reflexiones que me llevan a proponer esta conjetura cuasi esotérica: creo que la carrera para las elecciones no ha comenzado; si acaso hemos visto un trote parsimonioso, caracterizado por ataques personales, críticas a lugares comunes y varios codazos para intentar ubicarse en una buena posición de cara al momento en que den la orden de partida. En esa medida, hay dos candidatos que aceleraron el paso, pero debemos entender estas elecciones como una carrera de relevos y no como un sprint.
La verdadera competencia iniciará en la noche del 8 de marzo, cuando el país confirme cómo se va a configurar el país legislativo, pero sobre todo cuando conozcamos la cantidad de votos que obtendrán la Gran Consulta por Colombia, la que se inventó Claudia López y la que seguro ganará Roy. La cantidad de votos obtenidos por cada consulta nos permitirá entender el impulso que tienen los que, hasta hoy, se ven rezagados.
Es por esa razón que digo que esta es una carrera de relevos. Los 8 candidatos derrotados de la Gran Consulta apoyarán a quien la gane, algo que hasta el momento han demostrado; López buscará de nuevo a Fajardo o, por qué no, a Iván Cepeda (si ya celebró una vez el triunfo de la izquierda, no tendrá problema en volver a gritar ¡ganamos! junto al arquitecto de la desastrosa paz total), mientras que Roy, como buen jugador de este juego político, sabrá moverse si cuenta con cientos de miles o millones de votos. Pero la gran diferencia que veo aquí es esta: López y Barrera saben que necesitan juntarse con alguien para la primera vuelta si quieren seguir siendo relevantes, mientras quien gane en la Gran Consulta por Colombia puede que no. Si arañan una buena cantidad de votos será el impulso que necesitan para empezar a recortar distancia, sumándole a eso que el o la ganadora tendrá a su servicio el conocimiento de personas expertas en diferentes áreas de gobierno.
Aquí va otra razón para lanzar mi arriesgada predicción: en términos de política electoral, 6 meses son una eternidad y 2 meses son como un año. Incluso en dos semanas puede cambiar mucho el tablero. En abril del 2010, Mockus logró sacarle 9 puntos de distancia a Juan Manuel Santos. En el 2022, un tal Rodolfo Hernández, que no aparecía en nada, se convirtió en el rival de Gustavo Petro para la segunda vuelta; o 20 años antes, Álvaro Uribe comenzaba de tercero en la intención de voto y terminó ganando la presidencia con el 54% de los votos. Muchos de estos cambios se produjeron en semanas.
El otro punto tiene que ver con la diferencia entre opinión pública y lo que denominan el voto duro (el que sabe por quién va a votar y, efectivamente, vota por esa persona). Muchas personas que expresan su gusto por un candidato, el día de las elecciones no van a votar, o días antes cambian de opinión (porque ven un video, los convence un vecino, los intimidan, etc.) lo que deja ver una diferencia entre percepción y realidad electoral. Es ahí donde aparecen las maquinarias, que es la forma como los partidos buscan movilizar votos reales. Si a eso le sumamos que el promedio de abstencionismo durante los últimos 25 años en Colombia ronda el 50%, hay espacio para “sorpresas”. Por eso, justamente, es que resulta importante para los candidatos contar con relevos, con esos corredores que ayuden con su esfuerzo a alcanzar la victoria.
Hoy la opinión nos dice que la segunda vuelta será entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda. Pero aún falta mucho tiempo. Mi apuesta es que el nombre del próximo o la próxima presidente de Colombia está en una consulta. Es una apuesta arriesgada, pero ante los riesgos que enfrentamos, vale la pena hacerla.
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