Colombia acaba de vivir unas elecciones presidenciales que deberían avergonzarnos un poco, porque más que debates alrededor de las ideas, hubo trincheras detrás de las redes sociales, que cumplieron su función más oscura: amplificar el desprestigio, manufacturar el caos, reemplazar la argumentación con el insulto. Elegimos presidente entre desinformación y campañas de destrucción mutua, como si el futuro fuera una pelea de barro en lugar de una conversación urgente sobre lo que necesitamos construir juntos como colombianos.
Sin embargo, aquí estamos. Seguimos siendo colombianos que a pesar de todo eso, nos despertamos temprano a camellar, a buscar el sustento de nuestra casa, a sostener los emprendimientos y empresas que se forjan en medio de tantas dificultades.
Miremos los números con honestidad. Según la Asociación Nacional de Instituciones Financieras —ANIF—, las micro, pequeñas y medianas empresas representan más del 99% de las empresas del país, generan aproximadamente el 79% del empleo y aportan el 40% al PIB. Confecámaras, por su parte, evidenció que solo en 2024 se crearon 297.475 nuevas empresas. Esta es la fotografía de un país que cree en el trabajo, que apuesta por construir algo propio incluso cuando el Estado no acompaña, el crédito es caro, la burocracia agota y la informalidad acecha. Colombia es, en su esencia más profunda, un país de emprendedores por convicción y por necesidad.
Entonces, ¿contra quién peleamos cuando nos enfrentamos entre nosotros?
Dejémonos de vainas. La narrativa de la confrontación de clases que ha dominado la política reciente parte de una premisa exagerada. El 1% más rico del país concentra cerca del 38% de la riqueza total —según el World Inequality Report 2026—, y ese grupo lo conforman apenas unas 370.000 personas. El enemigo imaginado, ese villano abstracto al que se le atribuyen todos los males, es una minoría diminuta. Los demás somos, en su enorme mayoría, clase trabajadora y clase media, vendedores, comerciantes, maestros, conductores, contratistas, tenderos, médicos, programadores. Gente que paga arriendo o cuotas de su casa, que manda a sus hijos al colegio con la esperanza de que la educación haga lo propio y sus hijos tengan mejores oportunidades.
Esa esperanza es lo que está en juego con cada elección. Y es la que el presidente electo tiene la obligación histórica de honrar.
La cohesión debe dejar de ser una palabra bonita y convertirse en política pública. Nuestro nuevo mandatario debe tener muy presente que la inversión social y la economía pujante no son adversarias. Un país con educación de calidad produce más y mejor. Un país con acceso a salud tiene trabajadores más productivos. Un país con seguridad atrae inversión y genera empleo. No hay que elegir entre lo social y lo económico, esa falsa disyuntiva ha sido el gran engaño político de las últimas décadas.
Y profundizando un poco más en lo respectivo a la educación, en las aulas se necesita más pensamiento crítico y menos ideología. Un ciudadano que aprende a evaluar evidencia, a distinguir una fuente confiable de una fake news, a exigir coherencia entre discursos y hechos, es un ciudadano que le pone límites al populismo. La evidencia nos muestra que el populismo ha prosperado en la ignorancia y en el dolor que genera la desigualdad, la pobreza y la desinformación, es por eso que la educación de calidad urge y es, en el fondo, la mejor vacuna democrática que existe.
El presidente electo llega a un país agotado por la polarización, pero todavía en pie, todavía apostando. Casi 300.000 nuevas empresas en un solo año demuestran que hay colombianos que siguen creyendo en este país. La pregunta es si quienes gobiernan sabrán honrar esa voluntad con políticas que amplíen las oportunidades, en lugar de ahogarlas.
Colombia merece más que la confrontación.