«Si quieres tomar la vida de un hombre, tienes un deber con él para mirarlo a los ojos y escuchar sus últimas palabras. Y si no puedes hacer eso, entonces tal vez el hombre no merece morir. […] Un señor que se esconde detrás de verdugos pagados pronto se olvida de lo que es la muerte.»
–Eddard Stark, Juego de Tronos (1997)
En el primer capítulo de Juego de Tronos lord Eddard Stark mata a un hombre, no de una manera personal o con rencor, sino como parte de su deber para condenar sus crímenes, algo que forma parte de impartir justicia que implica un compromiso en el que asume todas sus consecuencias morales. Eddard Stark muere ejecutado por orden del rey por una supuesta traición.
En esta saga, repleta de personajes grises, esa brújula moral que caracteriza a Ned Stark lo hace relucir frente a otros personajes a la hora de realmente impartir justicia, mientras que otros personajes para mostrar resultados sólo necesitan dictar las órdenes, pero no son ellos los encargados de ejecutarlas.
La literatura es también una forma de conocimiento que alimenta nuestra realidad cotidiana, y el contraste que hay entre la necesidad de compromiso con la capacidad de defensa, y el fervor y la admiración por figuras que banalizan y glorifican la violencia, dice mucho de los mundos que leemos y el mundo en el que vivimos.
Hace poquito, en la calle vi unos volantes del candidato Santiago Botero, un político al que alguna vez vi en Instagram, que decían «Pena de muerte para los corruptos, Botero presidente». Me quedé pensando en esos volantes y en su mezquino, pendejo y torpe eslogan, y tristemente en lo efectivo que parece ser.
Hace tiempo aprendí la necesidad de la fuerza pública y de la capacidad para reaccionar ante un ataque, pero esa fuerza pública es usada de una manera oportunista tanto para una ilusión de seguridad como para atacarla promoviendo su estigmatización.
Aunque Santiago Botero tiene una intención de voto muy baja otros candidatos más populares defienden esta visión de la seguridad simplista que sueña con la mano dura idolatrando a figuras que constantemente enaltecen la violencia, un ejemplo de esto es el abogado penalista Abelardo De La Espriella.
El candidato De La Espriella, el cual se hace llamar “El Tigre”, ha defendido el porte de armas, ha declarado que hay que destripar y erradicar a la izquierda, y que afirma que en los primeros 90 días de su mandato va a exigirle 10 victorias concretas a la fuerza pública.
Este discurso incendiario, a pesar de tener un refuerzo institucional, no es tan lejano del eslogan populista de Botero exigiendo la pena de muerte de los corruptos.
Por un lado, vale la pena mirar estos discursos con atención, qué tanto son conscientes de ese peso ético y moral que implica exigir la muerte de una persona, y también sale la duda de bajo qué cuestiones podemos considerar la muerte como una verdadera forma de justicia.
Casos como las bajas del Mono Jojoy o de Raúl Reyes se pueden considerar legítimas al tomar la vida de hombres que eran comandantes activos en combate, pero en ese mismo periodo de tiempo hubo incentivos del gobierno para premiar las operaciones militares del ejército, por lo que trataron de justificar a ciudadanos como bajas en combate, que eran en verdad civiles a los que el Estado hizo pasar por criminales, pasando por alto la inocencia y enfocándose en demostrar resultados a toda costa.
La muerte, no sólo como un hecho biológico, sino como una garantía de control, ha moldeado a la sociedad colombiana a través de amenazas, desapariciones, corrupción, censura, convirtiendo a la muerte en un agente para imponer orden, ya sea matando, torturando, saqueando… Porque morir es perder a un sujeto presente, ya sea a un niño, ya sea a una madre que cuida a la comunidad, ya sea a un padre que sostiene un hogar.
Matar logra un efecto que descompone y reorganiza una comunidad, como las 7.837 víctimas de ejecuciones extrajudiciales, o los 18.677 niños víctimas de las FARC, haciéndonos seres para la muerte, porque cuando matar se convierte en una herramienta de control, la sociedad aprende a organizarse alrededor del miedo a desaparecer.
Aunque hablar de Eddard Stark parezca ser solamente una metáfora por venir de un libro de fantasía, cuando se pone ante una realidad como la colombiana, partida por la violencia, nos hace cuestionarnos por lo normalizada que tenemos la violencia, tanto que parece que estamos dispuestos a justificarla constantemente, sin cuestionarnos a costa de qué hay que hacerlo.
Colombia es un país que constantemente ha sobrevivido a ciclos de violencia, pero esos mismos ciclos también nos han enseñado a convivir con el miedo y a reaccionar desde él. En tiempos donde el odio y los discursos simplistas movilizan multitudes, actuar con justicia exige más responsabilidad moral que entusiasmo por la violencia.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/miguel-echavarria/