“Amenaza a muchos quien comete injusticia contra uno solo”.
Publio Sirio.
“Cuando la desgracia completa nos alcanza, nadie tiene que explicárnoslo”.
Santiago Posteguillo.
Hay fechas que no se olvidan. No sólo por los sentimientos que despiertan —que pueden ser de alegría o de tristeza— sino porque golpean minuto a minuto, como un recordatorio de que la vida, definitivamente, sí cambia en un instante. Hace un año atentaron contra Miguel Uribe Turbay en el Parque El Golfito, en Bogotá. Y yo recuerdo con exactitud todo lo que hice ese día: desde que me levanté hasta que me acosté, y la noche más larga que he vivido.
Crecí escuchando que Miguel iba a ser presidente. Lo vi formarse para eso, y el sueño, con los años, parecía más cercano. Pero más que un sueño, era el camino que él había elegido. Miguel era un hombre de ideas fuertes, de convicciones profundas, con vocación de servicio, y con unas ganas inmensas de trabajar por este país. Uno que lo desprotegió y le dio la espalda, como se la ha dado a miles de líderes y jóvenes. Miguel, como tantos otros ciudadanos, se despertó un día, se fue a trabajar, salió de su casa creyendo que volvería en unas horas, y nunca volvió.
Y así, de repente, algo que para millones de colombianos era una noticia de última hora, para mi familia se convirtió en llamadas, mensajes, incertidumbre, miedo, y un dolor eterno. La política dejó de ser una discusión pública y se convirtió en una experiencia íntima. La violencia nos obligaba (de nuevo) a mirarla de frente. Mataron a Miguel y dejaron a un padre sin su hijo, a una mujer sin su marido, y a un hijo sin su padre.
De una tragedia de esa magnitud nadie sale ileso. Nadie se recupera. Nadie vuelve a ser el mismo. Que te arrebaten a un ser querido de esa manera no es una experiencia que pueda reducirse únicamente a la muerte. Morir es natural y todos lo haremos. La diferencia está en cómo se muere alguien. Un duelo así se vive en varios escenarios al mismo tiempo, la mezcla de sentimientos es tan desbordante que uno se siente cada vez más abajo, más hondo y con menos posibilidades de volver a estar bien. Uno sabe que la vida no será la misma, ni significará lo mismo. El asesinato de un ser querido te trastoca todo lo que pensabas sobre la humanidad; te cambia las motivaciones, las prioridades. Incluso el tiempo se vive de forma diferente. Hay quienes refuerzan su fe, y hay otros, que la perdemos del todo.
Y entonces el dolor empieza a tomar otras formas y a sentirse de muchas maneras. Con rabia, con nostalgia, con decepción y apatía. Porque los demás se olvidan de que a ti todavía te duele, porque la vida sigue y uno siente que traiciona a quien ya no está, porque el mundo no se detiene por nada ni por nadie, y uno sabe que su tragedia no es la única. Porque el tiempo no se puede devolver y te cuestionas aquello que no tenías cómo anticipar. La tristeza se adormece con el paso de los meses, pero el vacío nunca se llena.
Hoy, un año después del atentado que le quitó la vida a Miguel, revivo la última vez que lo vi y nos abrazamos. Me aferro a su voz, a esos momentos que viví con él, a los recuerdos. Y sé que, con los años, esas imágenes perderán fuerza en mi mente, pero también sé que la memoria del corazón nunca olvida. Todavía me cuesta creer que no está y a veces creo que voy a volver a verlo y a escucharlo. Y ahí, en ese desbalance entre lo que fue y nunca volverá, uno entiende que el ritmo del corazón y del cerebro no están alineados, y por eso lo más preciado que tenemos es la vida y nuestra asombrosa capacidad de sentir y de amar a alguien, incluso después de la muerte.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/