De la Espriella. Buenos deseos, malos augurios

Nunca le he deseado el mal a un gobierno ni a un gobernante. Jamás me regocijaría con que les vaya mal. Desearles que fracasen, con tal de tener la razón, es muy mezquino. Mi pronóstico, sin embargo, no es alentador. Puede ser, quizá, aterrador.

Me pasó igual que con Duque y con Petro, por quienes tampoco voté. Acerté en mis augurios, pero nunca me alegré. Con De la Espriella (ADLE), los indicios no son mejores. Sin haberse posesionado, ya deja mucho para cuestionar.

·Prometió gobernar con los “nunca”, pero eligió un gabinete compuesto, en su mayoría, por los de “siempre”. Su círculo cercano está integrado por herederos o representantes de clanes y partidos tradicionales, y, casi todos escogidos con un criterio más político que técnico. Muchos con un pasado oscuro –empezando por Carlos Alonso Lucio– y varios de ellos en carteras ajenas a su experticia: Viviane Morales en Educación, Juliana Gutiérrez en Deportes, y Paola Holguín en Culturas, Artes y Saberes, son, entre otros nombramientos, muestra de ello.    

·Un gabinete, en general, muy inferior al de mismo Petro cuando inició. Su gestión posterior fue desastrosa y las crisis ministeriales se volvieron una constante. Pero, por ahora, el parámetro de comparación es el gabinete inicial, no el final. Sobre la marcha, veremos cómo ADLE gestiona el propio. Con su conocida intemperancia no hay razones para presagiar que va a ser mejor.

·Titular el empalme como “anticorrupción” es una provocación innecesaria al gobierno saliente y a todos sus funcionarios. Es, a su vez, la premonición de que va a gobernar con espejo retrovisor. Si encuentran pruebas –como posiblemente las habrá y las ha habido de todos los gobiernos– que las presente ante las autoridades competentes y se tomen las decisiones correspondientes. Llegar con el dedo acusatorio es no saber llegar.

·Amenazar con extraditar al presidente a Petro le genera aplausos entre sus barras bravas, pero también atiza la hoguera de la polarización, que arde hoy más que nunca. De nuevo –y más allá de lo debatible que puede ser la extradición– si tiene pruebas que actúe ante las autoridades y en el momento pertinente. Tanta alharaca con el tema le hace más mal que bien al país, menguando la confianza en lo que queda de nuestra institucionalidad.

·La subordinación que demuestra hacia Estados Unidos es patética de su mentalidad colonial, que va mucho más allá de su doble nacionalidad y de jurar fidelidad, ante todo, a dicha nación. Tan costoso puede ser para nuestro país una confrontación directa con EE.UU. como entregarse al abrazo de semejante oso. El “destripador” puede quedar destripado.   

Ahora, pese al llamado a la cordura de tantos estadistas del país para mantener nuestra tradicional civilista, le ha dado por posesionarse en una guarnición militar en el Cauca, con el pretexto de honrar a nuestras fuerzas armadas.

Muchos analistas se desgastan en interpretar esta decisión como una cuestión simbólica. No se han percatado que casi todo lo de Abelardo no es más que una puesta en escena de su excentricidad y de sus extravagancias: de su estética reducida a cosmética y que tanto dice –y desdice– de su ética.

Mucho me temo que ADLE seguirá en lo que más le gusta hacer: show. Parece que no sabe ni dónde está parado ni en qué se metió. En sus momentos de lucidez, cuando cae en la cuenta, piensa en conspiraciones y atentados. En un país tan tremendamente polarizado como el nuestro, viviremos cuatro años al ritmo de esa bipolaridad: entre el show y la conspiración, que es otra forma de espectáculo. Si es que termina su función, porque no me extrañaría que, cuando se dé cuenta del papel en el que se metió, renuncie a su mandato.

Insisto en que quisiera estar equivocado y en que le deseo lo mejor al Presidente y a su gobierno. Pero su pasado personal y profesional, aunado a las señales que ha venido dando, no augura un buen gobierno. Mientras el establecimiento colombiano –tan dado a equiparar los horrores de la derecha con los errores de la izquierda política– se hace el de la vista gorda ante los antecedentes y despropósitos de ADLE, quienes nos preciamos de ser críticos tenemos el deber de advertir sobre los riesgos democráticos que se avizoran.  

A los que creían que Petro era insuperable, basta con comparar cómo iban ambos entre la elección y la posesión. Tendrán que estar ciegos para no ver que estamos ante un escenario más alarmante. Con Petro y su desatinado gobierno no empezaron ni terminaron nuestros males ni tampoco las amenazas a las instituciones y a la Constitución.  

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/

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