Por ahí se dice que nadie pone al lobo a cuidar las ovejas, ni al ratón a cuidar el queso. Una versión más contemporánea del dicho podría ser: “nadie pone a Daniel Quintero Calle a cuidar la plata”. ¿Nadie? Bueno, el presidente Gustavo Petro, desafiando toda lógica —y, para muchos, el más elemental sentido común— decidió hacerlo.
Esta semana se anunció su nombramiento como Superintendente Nacional de Salud. Daniel Quintero Calle, quien —presuntamente, y lo digo así por estrictas razones legales— otrora habría desfalcado a la segunda ciudad más importante del país, Medellín, hoy ocupa un cargo en el Gobierno nacional que no es menor. De hecho, en medio de la crisis del sistema de salud, se trata del más importante del sector después del Ministro.
Daniel, hoy conocido en todo el país porque parece estar llenando el álbum Panini de las imputaciones por corrupción —a propósito de que estamos en año mundialista—, carga a sus espaldas señalamientos nada honrosos: imputaciones por peculado por apropiación en favor de terceros, prevaricato por acción e interés indebido en la celebración de contratos, en el marco del caso Aguas Vivas. A ello se suman 47 miembros de su administración y contratistas vinculados a investigaciones e imputaciones. Y aun así, hoy, a ojos del gobierno nacional, parece ser el indicado para cuidar la salud de los colombianos.
Sin embargo, este fenómeno de nombrar a personas altamente cuestionadas en cargos de gran importancia dentro del Gobierno nacional no es nuevo. Ya se ha visto en casos como los de Armando Benedetti, Laura Sarabia y Juliana Guerrero. Por no mencionar a los hoy imputados Luis Fernando Velasco, Ricardo Bonilla y al prófugo, hoy cobijado por el régimen nicaragüense, Carlos Ramón González, por nombrar algunos.
Es triste que hoy los colombianos parezcamos —como sostiene un gran amigo mío— estar asistiendo a un fenómeno particular en lo que respecta al Gobierno nacional: estamos migrando de la tecnocracia a la cleptocracia —presuntamente—. Definamos entonces la cleptocracia como ese sistema de gobierno en el que los altos cargos del Ejecutivo son ocupados por personas cuestionadas —siendo amables en los calificativos—, que no llegan por su capacidad técnica ni por su formación en la materia, sino que parecen responder más a un fenómeno exclusivamente político, si es que no existe algún interés personal detrás de estos nombramientos.
Ahora bien, aunque el panorama es francamente desalentador —y sin ánimo de ser ave de mal agüero—, nada indica que vaya a mejorar. Por el contrario, el heredero político de este modelo ya está en carrera por la Presidencia de la República y, para rematar, encabeza prácticamente todas las mediciones.
Así las cosas, usted, que me está leyendo, si siente la misma indignación que yo —que, por cierto, no me he esforzado en disimular a lo largo de esta columna—, merece un comentario y una invitación. Empiezo por la invitación: el 31 de mayo salga a votar. Pero, sobre todo, vote con criterio, con memoria y con carácter. Vote por quien quiera, pero hágalo con la firme decisión de no premiar lo que hoy está ocurriendo. Vote con un mensaje claro de rechazo a este rumbo. Vote por cualquiera… menos por las dos fichas del continuismo.
Y el comentario es igual de claro: si usted votó por este gobierno, todavía está a tiempo de rectificar. Nadie está condenado a repetir sus errores cuando tiene la oportunidad de corregirlos en las urnas. Pero si, aun viendo lo que está pasando, decide mantenerse firme en respaldar este rumbo, entonces sí: hágase cargo… y disfrute lo votado.
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