Escribo esta columna el lunes 1 de junio de 2026 y viene a mi memoria una frase de uno de los personajes de la novela de Ricardo Silva Romero, Cómo perderlo todo, a propósito de ese tumultuoso bisiesto 2016 (Trump, Brexit y triunfo del “no”), dice: “El punto es que el mundo no está cambiando, sino que ya cambió, y despreciar lo nuevo es la cosa más vieja de todas”. El mundo, efectivamente, cambió hace rato y nos dejó a muchos viendo un chispero.
Ayer casi 20 millones de personas decidieron llevar a segunda vuelta electoral a dos proyectos políticos que han hecho de la exclusión, la violencia verbal, la corrupción, el señalamiento y persecución del otro, el irrespeto a la libertad de prensa y el desprecio por la institucionalidad democrática sus apuestas centrales. Ganaron, me temo, no a pesar de eso, sino precisamente por eso.
No estamos solos en ese barco. Ya hemos visto a Trump (corrupto, misógino, mentiroso, racista y antidemocrático) ganar, perder y volver a ganar en la democracia más antigua del mundo. Ya vimos a Bolsonaro (golpista, violento, discriminador y manipulador) ganar y tratar de desconocer los resultados de su derrota. En Europa, Orban gobernó Hungría bajo estas mismas premisas durante 16 años. Más cerca de nosotros hemos visto el desastre venezolano y, recientemente, a Petro y sus ministros, después de 4 años de corrupción y mentiras, participar en política de la manera más descarada financiando eventos, movilizando electores y arriando contratistas a favor de un silencioso, cómplice y sumiso Cepeda.
La democracia que conocimos, imperfecta y jodida, pero con unos acuerdos básicos de coexistencia y con unas reglas generalmente aceptadas, ya no va más. Nuestra democracia no era un jardín de rosas. Ninguna lo es, pero con la Constitución de 1991, impulsada y liderada por un acuerdo plural entre el bipartidismo y la izquierda desmovilizada, se construyó un marco de acción alrededor de derechos individuales, sociales, culturales y colectivos que permitió avances innegables y que aun da para debate, consensos y logros. La arquitectura institucional, con problemas (CNE, funciones electorales de las cortes, comisión de acusación etc.), ha permitido que proyectos muy diferentes en lo local, regional y nacional lleguen al poder y desde allí desarrollen programas y proyectos propios.
No obstante lo anterior, los dos proyectos ganadores han, a la vez, interpretado un ambiente social y político existente que se ha posicionado durante años y, de la mano de herramientas nuevas (Westcol y cia.) y viejas (Dios, Jesucristo, la Virgen y el Pueblo), lo han exacerbado para sus fines electorales. Que haya tantos compatriotas dispuestos a entregar el poder a proyectos sinuosos, oscuros y peligrosos da cuenta de una enfermedad compleja y estructural y no de un virus pasajero. Nuestra democracia, como muchas otras, está en crisis y la votación de ayer sugiere que esa crisis se mantendrá o se profundizará.
Y vendrán cantos de sirena durante estos 20 días de entretiempo. Los que ya movilizaron el miedo y la rabia y han justificado todos los medios para buscar votos, tratarán de darle voz a los más moderados dentro de sus equipos o saldrán a plaza pública a firmar en piedra este a aquel compromiso para hacer o no ciertas acciones.
¿Constituyente? ¿Quién dijo eso? Es un baile conocido y seguramente de los millones de votos que todavía están en juego habrá algunos que creerán en las puestas en escena de mesura y responsabilidad y otros muchos que se resignarán a lo que en su estructura, formación y sesgo consideran el mal menor.
Yo creo que ambos proyectos finalistas son profundamente antidemocráticos y lo son por una combinación de visión de sociedad y de cálculo electoral. Son, además, producto de esta época y por eso, aunque no estoy nada contento con el resultado, no estoy sorprendido. Estoy resignado.
No escribo en nombre de ningún colectivo o grupo. Soy consciente de ser parte de una minoría (incluso en mi propia casa), pero las evidencias, la historia y el diseño de nuestro sistema presidencialista me llevan a concluir desde ya que la posición ética, personalísima como todo lo ético, es la del voto en blanco en segunda vuelta. Lo digo, como lo he hecho antes, sabiendo que en términos políticos esto es ya un fracaso. Aunque considero que están equivocados de cabo a rabo (de eso se tratan las diferencias políticas) no paso un juicio moral sobre las decisiones de la mayoría de los votantes de los finalistas. A su manera y con sus razones, la inmensa mayoría siente que está tomando la mejor decisión para el país. Ahí está la tragedia de la democracia y es que su desplome está pavimentado de millones de votos de buena fe.
Ahora, votar en blanco o perder las elecciones no es enterrarse vivo. Pase lo que pase el domingo 21 de junio hay que seguir construyendo sociedad y eso se hace desde la empresa privada, la universidad, el sector social y los territorios. Ojalá contar con buenos gobiernos, pero una sociedad se construye también desde la gobernanza y la colaboración entre personas muy distintas, entidades y sectores. La defensa de la Constitución del 91 y la posibilidad de seguir conversando y construyendo juntos será una prioridad y los que estemos por fuera del gobierno tendremos voz, letra, tribunales y movilización para expresarnos y resistir. Mientras se pueda, no queda de otra.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-londono/