Paloma y el espejismo de la «agenda mujer»

Que sea mujer no significa que sea nuestra vocera. Punto. La propuesta de Paloma Valencia suena tentadora para el que lee por encima: queremos creer que el techo de cristal se está rompiendo y que la carrera por el poder será, por fin, una competencia justa. Pero ojo, que Valencia no es el avance que nos vendieron; es, más bien, un muro de contención para quienes esperamos una transformación real.

En su última vitrina mediática soltó perlas que no podemos dejar pasar. Dijo, muy oronda, que la Constitución ya ha sido «suficientemente amplia» con la comunidad LGBTIQ+ y que ser trans es una «moda». ¿En serio? Como si hace nada no estuviéramos llorando a Sara Millerey. Mientras las defensoras se dejan la piel en las calles gritando contra el transfeminicidio, Paloma reduce la identidad a una tendencia de temporada. Un gobierno que solo reconoce a las mujeres cisgénero y niega a las comunidades históricamente oprimidas no es un gobierno para todas, es un club privado.

Es curioso, porque al ser filósofa con maestría en escritura creativa, sus propuestas tienen ese tono «romántico» que busca endulzar el oído. Pero la realidad no se escribe con metáforas. Para muchas, sus soluciones suenan burlescas: como si tener una vivienda digna fuera un ejercicio de creatividad, o como si la «agenda de género» se redujera a teletrabajo y guarderías compartidas. De nuevo, una visión que solo le habla a un tipo de mujer: la madre, la tradicional, la que encaja en su molde conservador. ¿Y las demás? Que se las arreglen con la creatividad de sus textos.

No podemos caer en la trampa de elegir a una mujer solo por su género, especialmente cuando viene escoltada por una parranda de conservadores que no dudan en atacar de frente cualquier derecho conquistado. Es el feminismo de conveniencia: se pone el disfraz cuando hay cámaras, pero gobierna con la camándula en la mano y el discurso antiderechos bajo el brazo.

Incomoda, y mucho, ver cómo intenta ponerse en el mismo altar que figuras como Manuela Beltrán, La Pola o Antonia Santos. Esas mujeres no pedían permiso ni jugaban a la política de la exclusión; ellas rompieron estructuras. Paloma, en cambio, quiere liderar Colombia manteniendo las estructuras que nos asfixian.

A muchos nos encantaría ver a una mujer en la Casa de Nariño, pero no a costa de nuestras propias libertades. Queremos una presidenta, sí, pero no a «esta» mujer que, sin anestesia, ya nos dejó claro que en su agenda no cabemos todas.

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