Nosotros los trabajadores

Para escuchar leyendo:Working Man Blues, Bob Dylan

Hoy primero de mayo tengo la oportunidad de publicar mi columna semanal, coincidiendo con el día internacional del trabajador. Para refrescar la memoria de algunos, este día se originó en conmemoración de la represión de Haymarket en Chicago donde fueron asesinados líderes sindicales, conocidos como los «Mártires de Chicago».

Y aunque parezca trasnochada esta conmemoración y en algunos casos se tome esta fecha como un descanso, merecido por demás, lo cierto es que las luchas por el reconocimiento de los derechos laborales permanecen inacabadas por causa de la negación de la fuerza humana como factor fundamental para la generación de riqueza en una sociedad. Con el crecimiento de la tecnología a pasos agigantados hay quienes consideran que los trabajadores son fácilmente reemplazables, lo que no entienden es que la dimensión y carga del trabajo se desplaza a quienes conservan sus puestos, contrario a lo que se asume de que la IA y la automatización logra generar valor superior al del ingenio y capacidad de un ser humano.

Y esto no es problemático en función exclusivamente de la pérdida de puestos de trabajo, también lo es de manera conceptual en lo que se considera hoy un trabajador. Me explico, hoy bajo el eufemismo del «futuro del trabajo», se despersonaliza a quienes con su fuerza y tiempo permiten que modelos de negocio, sobretodo de tecnología, continúen funcionando. Le llaman colaborador, socio, juicer a quien genera riqueza a una compañía que se niega a aceptar sus condiciones laborales so pretexto de que se trata de un modelo que no comprenden las antiguas estructuras de contratación.

Hay quien considera que se trata exclusivamente de plataformas tecnológicas tipo Uber o Rappi, pero esto va más allá. Las discusiones de la reforma laboral en Colombia entre 2023 y 2025 desnudaron la crudeza con la que ciertos empresarios ven a los empleados. No se les entiende ni percibe como condición necesaria para el funcionamiento de una empresa sino como un costo asociado, que entre menor sea, facilitará el crecimiento de los negocios.

Pues bien, esto no solamente demuestra la inmoralidad con la que se considera que los trabajadores/obreros son apenas un elemento que configura una empresa y no, como debería ser, el factor que genera la riqueza de una compañía. O ante la ausencia de los mal llamados riders, ¿de qué manera una plataforma como Rappi podría crecer?; no seamos ingenuos, aunque la tecnología avance, la fuerza de trabajo es condición sine qua non para el crecimiento del capital.

Y lo primero para que el panorama de reconocimientos laborales pueda transformarse y deje de venderse la idea de que el trabajo es privilegio y los derechos laborales son un beneficio, es entender que desposeídos del capital económico, lo único que tenemos es nuestra fuerza de trabajo, ya sea manual o intelectual. No somos menos obreros por habernos formado en universidades o hablar más de un idioma, no somos tampoco menos obreros por tener un rimbombante cargo, en una empresa, que por demás, no nos pertenece y la cual no dudaría ante una situación compleja, en depurarnos para reducir costos de operación.

El trabajo no es un regalo ni un favor, como obreros y trabajadores que somos, debemos entender que se trata de una relación contractual donde vendemos nuestra fuerza y conocimiento a cambio de un salario que nos permite subsistir. Por esto, cuando se pregunten por qué las empresas crecen y generan valor en una sociedad, intenten no mirar arriba buscando un genio con capacidades infinitas, más bien, busquen en las manos y horas de dedicación de quienes día a día ejecutan proyectos e impulsan el avance de nuestra sociedad.

Hoy es un día para reconocer que nosotros somos quienes construimos el mundo, quienes hemos construido Tebas, Bogotá y todo cuanto camina el ser humano. Les comparto, con aprecio de clase, un fragmento del poema de Bertolt Brecht «preguntas de un obrero que lee»:

El joven Alejandro conquistó la India.
¿El sólo?
César venció a los galos.
¿No llevaba siquiera a un cocinero?
Felipe II lloró al saber su flota hundida.
¿No lloró más que él?
Federico de Prusia
ganó la guerra de los Treinta Años.
¿Quién ganó también?
Un triunfo en cada página.
¿Quién preparaba los festines?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagaba los gastos?
A tantas historias,
tantas preguntas.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/daniel-david-mendez/

Califica esta columna

Compartir

Te podría interesar