Soy de esas mujeres que no van a parir une niñe para aportarle a la economía del futuro. Lo he sabido desde que tengo memoria, y aunque cuidé mucho tiempo a Sebastián, el muñeco que lloraba y había que darle tetero, me parecía una labor muy compleja, quizá porque mi mamá era una madre soltera muy responsable que trabajaba mucho para que estuviéramos bien. Que yo estuviera bien.
Quizá mi recuerdo más preciso de esa claridad fue un 31 de diciembre, a los trece años. Todo lo que tenía puesto era nuevo, igual que la pinta del 1 de enero, porque si uno estrenaba los dos días, estrenaba todo el año. De pronto miré a mi mamá que se estaba poniendo una bufanda vieja sobre un vestido viejo que combinaba con zapatos viejos. No vas a estrenar, pregunté, y ella, con todo el cariño, dijo que no. Yo le veía la alegría de verme feliz, pero también comprendí que no alcanzó el dinero. Me dio tristeza, pero igual seguí estrenando cada Año Nuevo.
No quiero tener hijos por un acto egoísta y pesimista: me parece que las condiciones no están dadas ni económica ni ambientalmente —por nombrar dos. En el mundo 1.100 millones de personas viven en la pobreza extrema, según un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y Oxford Poverty and Human Development Initiative. Eso, en contraste con que aunque el planeta es hoy más rico que nunca, según el Global Wealth Report 2025 publicado por UBS, la prosperidad no está equitativamente distribuida: 2.891 personas tienen fortunas superiores a los US$1.000 millones de dólares y, de esas, 31 superan los US50.000 millones. Ajá, que el pobre no es pobre porque quiere.
Aunque en mi caso particular, más que en el tema económico, porque crecí en una familia de clase media , el no querer tener hijos tiene que ver, sobre todo, con el asesinato del papá: la sola idea de que te toque criar sola a tu hija —en un país en el que puede pasar—, me quitó las ganas.
Doy estos ejemplos porque las mujeres tenemos razones válidas, y diferentes, para decidir no parir.
Dicho esto, no tenemos que ser responsables de no reproducirnos para que el sistema económico funcione. La natalidad no debe ser usada en servicio de las agendas conservadoras. Las mujeres no somos máquinas: para reproducirnos sí servimos, pero para exigir y tener más derechos es mejor quedarnos calladas.
Y así como defiendo mi derecho a no querer hijos, también el de quienes sí, y ahí hay que dejar el reduccionismo y abrir el espectro: hay quienes quieren y no pueden.
La maternidad debe ser una decisión libre, y requiere, entre otras cosas, madurez, autonomía, capacidad de decisión y unas condiciones adecuadas para no perpetuar ciclos como el de la pobreza. De esa cifra que rondó tanto en medios, que la natalidad está a la baja, la noticia que debió viralizarse, porque es extraordinaria, es que los embarazos adolescentes han caído: las disminuciones más notables están de 15 a 19 y de 10 a 14 años. ¡Tremendo, parce! Más niñas siendo niñas, no mamás. Ojalá sigan cayendo estas cifras.
Un pódcast que me dio mucha claridad sobre el tema fue el de Presunto, ¡[No] hay mujeres para parir! Invitaron a Ana Cristina González Vélez, médica, experta en salud, derechos sexuales y reproductivos e igualdad de género, y entre las muchas cosas importantes que dijo, me parece que esta es de resaltar: “La perspectiva que domina en esta conversación es una mirada muy instrumental, no solo de las mujeres sino del fenómeno mismo. Como si la reproducción tuviera que ver solamente con una fuente de estabilidad económica, y no es la única”.
Desde que salió el dato del Dane y las tantas noticias machacándolo, me quedé precisamente pensando en la comodidad desde la que dicen reprodúzcanse. ¿Quiénes? Porque no es la clase privilegiada, precisamente. La doctora Ana Cristina reflexionó sobre ello en el pódcast que recomiendo otra vez: “Al final, si hay una tal crisis en la reducción de la fecundidad, a quién nos imaginamos pariendo, ¿no? A una mujer pobre, que es la que se va a encargar de llenar ese vacío. Pero al mismo tiempo, apenas esa mujer pobre empiece a tener hijos, la vamos a condenar”. ¡Cómo se les ocurre reproducirse! —esperá, sí, sí, se necesitan niñes trabajadores.
No se les ocurre, por ejemplo, pensar en una redistribución de la riqueza —para volver a la cifra del principio. No soy economista, pero se me hace obvio —aunque lo obvio lo vendan de imposible: este mundo es cada vez más desigual: con el sueldo que gana Elon Musk en un segundo se pagarían dos salarios mínimos mensuales en Colombia (leer la columna de Pablo Múnera, Famosos y miserables).
Es eso, precisamente: cuando se habla de crisis de natalidad, casi siempre se hace como si el único remedio fuera parir más, y la sostenibilidad de las pensiones, la salud y los cuidados también puede pensarse con otras herramientas: redistribución de la riqueza, reforma tributaria, migración bien regulada, automatización que no precarice más el trabajo. Sin embargo, pidamos más bebés y no incomodemos a los ricos. O si no, pillen pues: el único continente que sigue pariendo a ritmo alto es África. Allá la preocupación no es que falten bebés, es que sobran hambre, guerras y desigualdad.
Este tema es mucho más complejo que los titulares que nos culpan a las mujeres por no reproducirnos y que traen el apocalipsis, pero como lo dijo la invitada del pódcast, que lo sea no quiere decir que no podamos comprender las aristas y poner las preocupaciones donde deben estar.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/