Este es un texto fallido. Inicia con una declaración imposible. Se choca con la realidad de que el lenguaje está vivo, creciendo y marchitándose todo el tiempo. Las palabras viven en las expresiones cotidianas, en la boca de sus practicantes. Si bien hay cierta estabilidad frente a los significados de las locuciones, y cuando decimos por ejemplo muerte, estamos tratando de describir que algo ha dejado de existir, también pasa que algunos llaman al dolor, “una piedra cansada”, al hambre “ruido”, a la esperanza “esa cosa con plumas”, al mar “ese animal que respira” o a los espejos “esa mentira de vidrio”.
Pasa también que los significados originales se van desvaneciendo, van perdiendo la estela narrativa que los conecta con un modo particular de enunciación. Intentar apelar al sentido original de un concepto, tratando de evitar las reformulaciones posibles en el transcurrir natural de la palabra, es una tarea inútil, propia incluso de reaccionarios. Los conceptos viven por fuera de los manuales académicos, de los diccionarios, y allí, devienen otra cosa.
Hoy por ejemplo lo que entendemos por neoliberalismo es muy distinto a lo que se imaginó Rüstow en el Coloquio Lippmann. Cuando un periodista o un tío dicen populismo están hablando de demagogia, no de la tradición política descrita por Ernesto Laclau. Pese a esta condición del lenguaje, a la inutilidad de la corrección semántica, me resisto a aceptar que, a los neoconservadores, promotores de la plutocracia y defensores de las dictaduras que hoy tenemos — con distintos niveles, a lo largo de Latinoamérica y el mundo— los llamemos libertarios.
Libertarios Bakunin, Emma Goldman, Proudhon y Kropotkin, que buscaban la emancipación a través del amor comunitario, la autogestión y el mutualismo. Que sabían que la libertad solo era posible a través de la igualdad material de todas las personas que componen una comunidad, y que se oponían a todo tipo de dominación, incluida la ejercida por el poder económico. Ya lo decía Bakunin: “sólo soy verdaderamente libre cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres, de manera que cuanto más numerosos son los hombres libres que me rodean y más profunda y más amplia es su libertad, más extensa, más profunda y más amplia viene a ser mi libertad”.
Las personas que hoy se denominan libertarias, o que calificamos así, están en la otra orilla de esa visión del mundo. A estos neofisiócratas les interesa el sálvese quien pueda, el individuo competidor, el mundo de ganadores y perdedores. Con la catequesis de la libre competencia en el mercado justifican desigualdades y permiten abusos y explotación. Disfrazan la desigualdad con el cuento de hadas del mérito y el trabajo duro. Y, sobre todo, defienden que el poder — material y simbólico— se concentre en pocas manos, manteniendo la dominación (no del Estado, pero sí del capital) intacta. De hecho, ese es su principal objetivo: tratar de revertir los avances redistributivos del siglo XX y revitalizar estas relaciones opresivas que son el antónimo de la filosofía libertaria.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-pablo-trujillo/