Cuando el mal sabe, que quién se supone que lo debe antagonizar no va a plantarle cara: Se fortalece. Cuando el terror de disidencias armadas, y numerosas estructuras criminales incrustadas en una región; no tienen a quién detenga sus atentados contra la sociedad civil, contra la ruralidad, contra las zonas intermunicipales, contra el ejército, contra la policía, y contra la integridad social del territorio mismo: Es inmisericorde, y su falta de humanidad se demuestra en las acciones violentas que lleva a cabo.
¿Quién detiene al mal? Se supone, que eso le corresponde al orden. ¿Y quién rige al orden? Nuestros gobernantes, en todos sus niveles, desde el nivel de gobernanza nacional más elevado, hasta la escala territorial más pequeña. Frenar la violencia, y ver de frente a la plaga de actores armados que amenaza al suroccidente colombiano, le compete -y es la inexorable obligación- a las autoridades en cabeza de nuestra fuerza pública. En varios sentidos, nos encontramos de frente ante un elemento fundamental para entender porque el terror está pasando en estos momentos en los departamentos del Valle del Cauca, y el Cauca.
Hace 1962 años, el imperio romano sufrió un episodio devastador en el que su metrópoli capital tuvo un incendio: Incendio que aconteció durante el reinado de Nerón César Claudio Augusto Germánico, el emperador que -según variadas fuentes históricas- fue indiferente ante el cataclismo y hasta incluso cantó desde una torre a modo de celebración sobre la tragedia. Posteriormente, construiría un nuevo palacio sobre las zonas de la ciudad que habrían quedado en ruinas, su Domus aurea.
Casi dos milenios más tarde, nos ubicamos en un tiempo en el que la historia casualmente sigue caminos similares. Tenemos un jefe de estado que celebró su natalicio el pasado 19 de abril, mientras que en paralelo el orden público sobre la región del sudoeste se deterioró dramáticamente: Explosivos en la Vía Panamericana que cobraron la vida de 11 personas, entre ellas dirigentes sociales y agricultores; vehículos bomba en la tercera brigada del ejército -Batallón pichincha- en Cali que dejó dos mujeres heridas; reportes del ejército de 26 ataques en los últimos días de la semana pasada. En total, se estima que de todas las eventualidades hay alrededor de 50 personas heridas, incluyendo cinco menores de edad. Frente a estas circunstancias, el presidente calificó estos hechos de “terroristas”.
Pero hay una grave connotación detrás de esa afirmación, y esa es una falencia fatal detrás de las afirmaciones del presidente. El “terrorismo” se entiende -según la RAE- como la articulación criminal de actores organizados que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos.
Y le prometo presidente, que las disidencias de las FARC, el Estado Mayor Central, alias “Marlon” e “Iván Mordisco” no tienen fines políticos. Son la continuación de la depravación humana que trajo el conflicto, y consecuentemente el resultado de la enfermedad que nos ha dejado centurias de violencia en el país.
Así mismo, en medio de más de 80 ataques previos en la región durante este periodo de gobierno, con un saldo de más de 20 muertos y la perpetua inestabilidad social que ha dejado el uso de drones explosivos, vehículos bomba, volquetas acondicionadas como lanzadoras y una variedad de explosivos en zonas urbanas y rurales, en detrimento de la infraestructura y la moral civil, agravando la percepción de inseguridad y la desesperanza.
Mientras que la coordinación de la fuerza pública local ha resultado insuficiente para garantizar la prevención de la violencia armada y la salvaguarda de la paz ante estos continuos ataques. El mal persiste, y presiona sus ataques sobre la población. Las autoridades territoriales se han quedado cortas, pareciera que fueran ajenas a la crisis, y la contemplaran desde lejos…
…Mientras el gobernante “canta” indiferente, cuando se consolida el terror en la región…
…Mientras nuestros líderes se quedan al margen, y Nerón observa un incendio que se esparce sobre el suroccidente. Incluso genera la pregunta:
¿Y después qué clase de monumento se construirá sobre las ruinas que deja la muerte, la violencia y la zozobra?
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-sarria/