Esa mañana, cuando cerré la ducha y abrí los ojos, descubrí que había dejado la toalla en el vestier. ¡Mierda! «A secarse con la lengua como el gato o con papel higiénico», pensé… Al final, corrí a buscar la toalla. El piso quedó emparamado. Corrí de nuevo a preparar café y, en uno de esos distraídos movimientos que ahora hago en automático, abrí Instagram sin saber pa qué. «Paloma, para que el país no se rompa», decía la editorial de No Apto que se me atravesó sin avisar en la pantalla del celular. ¡Mierda!, exclamé otra vez.
Mientras el agua hervía, fui a buscar el computador con pasos acelerados propios del desespero. Tenía que escribir. Tenía que contraatacar. Defender. Lo encontré sin pila. ¡Mierda!, dije por tercera vez. Y yo que pensaba que iba a ser un buen día… Pero no me rendí. Tomé una libreta que mantengo en la cocina para esos trazos suaves, desprevenidos y utilitarios: manzana, mango, ajo, cilantro, miel de abejas y, de vez en cuando, se dibuja allí un poema con esa misma ligereza con la que se escribe: ají pajarito. La libreta de cocina, ese pobre objeto que desconocía las furias, recibió sobre sus enclenques páginas un trazo que las atravesó, las sacudió y las dejó, lo confieso, algo marchitas.
La amargura que se había apoderado de mi corazón y de mi pluma se me apareció en el sabor del café. «Este café no sabe así», pensé. Pues claro. Revisé lo escrito en la libreta y había allí un mamotreto por completo asfixiante en defensa de Cepeda. Pensé que después podría pasarlo al computador y listo, tenía hecha la columna de la siguiente semana. Pero algo me picaba. ¡Ay! Algo me susurraba al oído, mi párpado derecho se abría y se cerraba por su cuenta. ¡Ay!
Releyendo lo escrito, recordé los insípidos debates del colegio, donde bien nos enseñaron a construir argumentos, pero no a hacer silencio. Gana el que más hable (y si puede alzar la voz, de vez en cuando, mejor). Recordé la ceguera. Recordé la guerra. Sentí la rabia que me había contagiado. Recordé el poder de la palabra. Recordé mi eterna promesa, infranqueable, de jamás disparar una pistola. Recordé un fragmento de Las ilusiones perdidas de Balzac:
«¿No es un alivio reconfortante descansar cada noche la cabeza en la almohada pudiéndose decir: No he juzgado las obras ajenas, no he hecho mal a nadie; mi inteligencia no ha herido, como un puñal, el alma de ningún inocente; mis bromas no han destruido la felicidad de nadie, ni siquiera han perturbado la tontería satisfecha, ni han molestado injustamente al genio; he desdeñado las fáciles satisfacciones de la burla ingeniosa, en una palabra, no he traicionado en ningún momento mis convicciones?».
Pues bien, los apuntes que tenía esa libreta no eran otra cosa que una bala de cañón. Una deliciosa (por lo picante) traición a mis convicciones. «¿Qué estoy haciendo?», pensé.
Imaginaba mi escrito siendo aplaudido por la gente de izquierda y crucificado por la de derecha. ¿Para qué más división? Más palabras que se insertan en los compartimientos estancos que crean las redes sociales. Más palabras para la guerra. Pensé en lo peligroso, lo inútil y lo pueril de una opinión política estática, es decir, escrita (igual que un reel). Estas palabras no me permiten conversar y de esto, contrario a lo que dicen las tías, es de lo que se tiene que hablar en la mesa. Pensé, también, en la insuficiencia de los argumentos.
Para la muestra, un botón: El otro día salí a tomar cerveza con un par de amigos de un amigo. Para mi sorpresa, al introducir la duda política, apareció en ellos esa respuesta que admito que siempre me costará tomarla en serio: su brazo derecho sobre su cabeza y esa amarga declaración “firme por la patria”. Los miré con la fría mirada de repudio propia de quien se cree poseedor de una gran verdad (¿será?) o de cierta superioridad moral (¿será?). Aún así, después de respirar y de dos o tres cervezas, su firme brazo comenzó a debilitarse y mi mirada de gavilán se redujo a la de una tórtola. Terminamos estrechando las manos y cada uno por su lado, pero compartiendo el aquí.
La democracia es un gran partido de fútbol; experta en dividirnos en colores. Al final, nuestros motivos o razones para votar por alguien son siempre imprecisos. Palabras sobran. Voto por Cepeda porque, a riesgo de ser llamado reduccionista, no encuentro nada más urgente que la guerra. Colombia es un país en guerra. ¡Auch! Duele el corazón. Cepeda apoya ese camino impopular (por la ausencia de rápidos resultados) de sentarse a hablar. Prefiero eso, por más tortuoso que sea, a acudir a las rápidas (y ya gastadas) salidas del silencio, la operación, las cárceles (ya demasiado llenas), el contraataque, la balacera…
No puedo votar por Paloma porque se me haría inconcebible agachar la cabeza frente al gobierno de Trump. Se me haría inconcebible restablecer relaciones internacionales con Israel y hacer como que lo que sucede en Palestina aquí no incumbe. La imagino, como Duque, reuniéndose con Netanyahu y publicando la foto como quien dice: ¿Cuál genocidio? No puedo votar a favor de ceder un páramo para hacer fracking sin siquiera intentar una pelea judicial o sin siquiera preguntarse si no es posible hacer las cosas de otra manera. ¿Qué más se puede hacer?, preguntarán los defensores de la economía y yo, desarmado y con las uñas porque los números se me escurren, solo podré decir: ¡pues entonces esperen a que nos tiemble la tierra!
Después de un par de días con los apuntes de esa libreta abandonados y la rabia hecha tristeza, decido escribir esta columna. Mientras la escribo (y esto recién sucedió), me entra una llamada de mi papá. Me pide que le ayude a comprar una gorra de “defensores de la patria”. Como si fuera un reto, como si me pusieran a prueba. Palidezco. Pienso en alguna excusa, un pretexto para esquivar tan ruín pedido y hacerme el muerto. ¡Bah! Termino comprándosela con mi tarjeta y me río frente al verde aviso de “Compra realizada” con la risa de quien se sabe derrotado. Pienso en el infierno que ese ínfimo pedido podría desatar en alguna otra relación. ¡Qué más da! Vale menos una gorra, una idea, un voto que un abrazo de papá.
Ahora, con la tristeza hecha melancolía, me aferro a esa frase: «Que sea lo que Dios quiera», como dirían las abuelas acostumbradas ya a cuántas derrotas y victorias de sus equipos de fútbol. Lo importante es que dos o tres cervezas después lloremos o ríamos de nuestras posturas políticas y no nos disparemos con la mirada de cañón, ya tan gastada en este país de la eterna cicatriz.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/