Nada nuevo

Ahora que se apagaron las velas, queda una imborrable ceniza teñida en las camisas negras de los visitantes. Es momento de partir. Siempre hay verano en otro lado. 

Allá, acostado sobre los guijarros que viven escuchando el vaivén del río. Allá, bajo la sombra de un carbonero sonámbulo en la mitad de un potrero. Allá, entre el ya añejo olor a boñiga de los establos que funcionan de cuatro a siete aeme. Allá, frente a los altos pastos desde donde, arropados por una ruana, dos arrieros se detienen a observar el lento oleaje de una oscura laguna. Allá, frente a una infinita cordillera que se hace cercana a través del agudo lloriqueo de gavilanes y chicharras. Allá, donde una hamaca reposa enrollada en su propio cuerpo dentro de un armario de madera roído por el comején. Allá, al pie de una montaña cuyas paredes de piedra están cansadas de hacerle eco a las balaceras.

Allá siempre hay verano.

Aquí, una abuela sobria recoge los platos, los cubiertos y los vasos que quedaron tras el banquete. Aquí, una abuela ebria todavía intenta, irreverente, invitar a bailar al joven extranjero que alguna sobrina mochilera invitó a la fiesta. Aquí, una abuela aburrida se quedó regando la huerta de sandías, cebolla y yerbabuena con las que, intuye, cocinará su última cena. 

Empieza la espera en un parqueadero. Carros patinan en el cascajo. Los visitantes, borrachos ya, evitan los charcos que dejó un aguacero que atravesó los techos y nadie escuchó. Uno que otro cae al barro sin saberlo. 

Aparecen los perros y gatos callejeros. Hacen las paces cuando llega este momento en el que los cubiertos raspan los platos. Se acaba la noche y todavía tenemos estómagos vacíos. Las cabras de amarillos ojos penetrantes no reciben las desperdiciadas cabezas de pescado. 

Bajan las cenizas hasta el mar. Cigarrillos apagados como suspiros. Al final, todo termina salando poco a poco, un poco más, el invisible llanto del agua del mar. Todo termina con el puntiagudo crepitar de las olas contra las piedras y las caracolas. La hirviente lava del volcán termina convertida en una apagada piedra sin peso. Al fondo, en un costado, patalean las piernas con el último aliento de Ícaro derrotado. 

Casi todos volverán, por lo que se despiden tranquilos, sabiendo que se trata de una despedida reversible. Pero para dos o tres, esta será su última vez. Ninguno recordará el color de las paredes o el ángulo de las tejas que los protegieron de la amarga tempestad que pintará de amarillo los cigarrillos que alguien encendió a destiempo y dejó a medias al borde de una matera. ¿Dónde se guarda el abrazo que le damos a alguien por última vez?

Pero nada de esto es nuevo. Ya ha pasado antes. Vuelve a pasar esta noche. Pasará después. Se disipa el humo de los cigarrillos como se disipa la neblina que cubre el mar en el verano. Nada de esto es nuevo. 

Allá siempre hay verano y aquí habrá que esperar a que todo suceda otra vez.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/

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