Recorrer una ciudad por primera vez. Navegar pasillos, aceras o caminos ajenos. No hemos estado ahí y tampoco somos de ahí. Sumergirse en mares distantes, amarillos, negros, rojos, caribes, azules o mediterráneos que no habitaban nuestros recuerdos. Abrir monte. Empaparse de una nueva piel.
Sentir el picante de una ampolla que aparece en el pie. La marca del caminante. La huella del camino que pareciera querer extenderse sobre el cuerpo de quien lo recorre. Como al que trabajando la tierra se le dibujan callos que le recuerdan el precio de su cosecha. Como al que escucha una canción nueva y se aturde. Se quita sus audífonos y aparece una voz que no es la suya ni la de su dios ni la de su madre en un megáfono, un altavoz o un parlante. Grita esa voz incomprensible y también aturde. Queda una cicatriz hecha de moverse sin rumbo.
Perderse por dejar de ver el mapa. Quedarse sin pila en el celular, sin agua en la botella, sin nada que comer. Avanzar entre la pregunta: ¿todo esto para qué?
Seguir caminando y, sobre todo, conversando. Sabemos bien que el viaje se hace más corto entre palabras. Hay un encanto siempre secreto aunque ahora olvidado en el conversar. Alimentarse de palabras. Pregúntenle al taxista.
Enfrentarse a quién sabe qué fiebre nueva, dolores desconocidos, órganos olvidados que pretenden declarar independencia. Quieren hacerse conocer.
A lo que me refiero es al sol inclemente. A la costra blanca que aparece después del fuego rojo que dejan los rayos sobre la nariz, la frente, el cuello y los hombros. Al hogar que deja de serlo por lo inhabitable. Por la ausencia de viento y la omnipresencia del sopor. Una cama que se convierte en ataúd. De un cuerpo otrora vivo se desprende un hedor hediondo. Putrefacción.
Aparecen cuervos merodeando la ventana que se mantiene cerrada. Abrirla no es opción. No llega ni la voz del viento. Llega aquí, una voz atroz que nos dice:
¡Yo les advertí!
Verano en la sombra. Porque la luz es demasiado brillante. A lo que me refiero es al peso de la verdad. A la ausencia de nubes en nuestras palabras. A una represa que se seca y deja ver cicatrices naranjas en sus piernas. Ya el viento no tiene nada que arrastrar.
¿Cuáles son los frutos del caminar en el desierto con polvo en los dientes y las uñas negras?
Queda un pasaporte de nacionalidad incierta con páginas roídas por la arena y el mugre que se filtra en los bolsillos. Un pasaporte como un viejo cuaderno de apuntes borrosos que le entregamos a las telarañas de las esquinas de los cajones que solo abrimos por nostalgia.
¡Marinero! ¡Marinero! ¡Marinero! ¡Marinero! Siga remando, marinero. ¡Marinero! ¡Marinero! ¡Marinero! ¡Marinero! Siga remando, marinero. A eso me refiero.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/