La primera vuelta dejó, entre los extremos, a un grupo que parece pequeño, pero que es significativo. Hay quien no sabe por quién votar; y otros que dicen que no van a votar. Para quienes están muy seguros y para quienes dudan, valen la pena cambiar la pregunta de «¿quién me conviene a mí?» a algo más incómodo: ¿a quién más le importa cómo vote yo?
En vez de preguntarse solo qué candidato conviene a la situación propia, preguntarse también qué le pasa al país si gana uno u otro. Y cuando digo el país no me refiero a una abstracción, sino a personas concretas cuya vida cotidiana cambia dependiendo de quién gobierne.
Hay quienes tienen con qué amortiguar casi cualquier resultado. Salud privada, colegio privado, pensión asegurada, barrio con servicios públicos. Para ellos esta elección no es una emergencia, pues asumen que sus vidas seguirá sin mayor cambio. Ese es un privilegio real.También hay muchos para quienes la realidad ha sido tan dura desde siempre, que perdieron cualquier esperanza de mejora.
Pero hay personas para quienes no es en abstracto. La cita médica que tarda meses. El barrio que no tiene alcantarillado. El joven que no puede estudiar y tiene que ponerse a trabajar. Al que extorsionan, al que estafan. El tratamiento oncológico que es impagable. Para muchos, la diferencia entre una opción y otra es práctica, cotidiana y urgente.
Esto no es un llamado a votar por lástima ni a pretender que sabemos mejor que nadie qué les conviene a los demás. Es algo más sencillo: que antes de decidir, uno se dé un momento para salir del propio ombligo. Que la pregunta no sea solo «¿qué gano o pierdo yo?» sino también «¿qué pasa con los que no están en mi misma posición?».
La duda es legítima. Nadie tiene que fingir que la decisión es fácil ni que las opciones son perfectas. Pero la duda tampoco debería ser una coartada para no pensar. Y pensar, en este caso, implica ampliar el campo: no solo lo que a uno le afecta, sino lo que le afecta a gente que no anda en las mismas conversaciones, que no lee las mismas columnas, que no tiene el mismo margen para esperar a que las cosas mejoren.
El voto es un gesto íntimo y solitario. Pero hay un país entero que no eligió las condiciones en que nació. Y, por eso, también hay que votar pensando en aquellos a los que, muchas veces, preferimos no ver.
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