Los colmillo de la manada

Nos merecemos algo mejor, dicen. Y no sé si sea cierto. Porque yo vi y sentí y escuché ese paroxismo del pasado domingo y les juro que no sé si de verdad hemos hecho los méritos para decir eso.

Pero vuelvo sobre una imagen: seguro que la vieron. Tardó en aparecer pero al final lo hizo, metido dentro de esa caja que lo separa de todos. Esa pecera, real o figurada, desde la que gobernará.

Movía el brazo adelante y atrás, con el índice estirado. Cerraba la mano formando un puño que alzaba una y otra vez. Se golpeaba el pecho con la palma derecha. Vestía, por supuesto, una camiseta tricolor imitando la de la selección colombiana de fútbol. Era toda una expresión del neopatriotismo.

¿Que qué es el neopatriotismo? Franco Delle Donne en su texto Epidemia ultra, señala varias de sus características: populismo, ultraconservadurismo e instrumentalización de la religión, nacionalismo, crítica a la derecha tradicional, empleo de teorías conspirativas, antifeminismo y revisionismo.

En Colombia ganó las elecciones un neopopulista.

Y entonces, el frenesí: algunos de sus seguidores celebraron a rabiar el triunfo del personaje —o la derrota del otro candidato, mejor, porque hubo algo de irracionalidad, desprecio y venganza en esas manifestaciones donde estuvo ausente la alegría—. Supongo que, luego, se sintieron un poco traicionados cuando en su discurso, tras las arengas vacías, dejó entrever la idea de la reconciliación. Y sorprendidos, cuando les indicó que de la prometida “patria milagro” no esperaran milagros.

Por fortuna para ellos esa sensación les duró poco. El señor Abelardo de la Espriella dejó claro, antes de terminar su performance como ganador, que seguirá estigmatizando al contrario y agregó que él, el autodenominado tigre, aún podía morder duro.

He dicho en otras columnas que confío en que las instituciones en Colombia serán capaces de contener los despropósitos del futuro gobernante, como lo hicieron cuando Álvaro Uribe quiso quedarse a vivir en el Palacio de Nariño o cuando Iván Duque quiso acabar con la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) o cuando Gustavo Petro pensó que todo podía hacerse a punta de decretos.

El riesgo no es cero, lo sé. El presidente electo cuenta con algo a su favor: una institucionalidad que es, sobre todas las cosas, izquierdofóbica, y que se aferró a cualquier argumento flojo para sumarse a la campaña de De la Espriella para ayudarle a ganar. Y ahora andan insistiendo, aquí y allá, forzando la lógica, para decir que los votos de su contrario no valen y quizá no haya que prestarle tanta atención al apretado margen con el que ganaron.

Pero me preocupan más los colmillos de su manada. Lo dije antes: el triunfo de De la Espriella «representará un retroceso en conquistas sociales y laborales, que envalentonará aún más a los envalentonados misóginos, clasistas y racistas, que fomentará la intolerancia y que nos harán mal como sociedad sus formas y su fondo».

Y el que no lo crea que mire lo que ha pasado desde el domingo. Dos ejemplos de lo uno y de lo otro. El primero: nombrar como Ministro de Ambiente que está ligado a una organización señalada de privatizar la naturaleza para beneficio de grandes corporaciones habla del espíritu mercantilista del futuro gobierno.

El segundo ejemplo fue el “consejo” no pedido del concejal de Medellín, Andrés Rodríguez, en el que pedía a De la Espriella bombardear los municipios donde Iván Cepeda obtuvo más del 80 por ciento de los votos.

El concejal tiene un apodo que a estas alturas bien podría ser un alias. Le dicen Gury. Es uno de esos personajes que ya venían fortalecidos en su discurso violento lleno de muestras de eso que mencioné antes, neopatriotismo. Que haya ganado De la Espriella le permite ser todavía más violento, más atrevido en sus afirmaciones. Más peligroso.

Sus declaraciones son, casi siempre, provocación estratégica. Su “consejo” no solo es improbable de llevar a cabo, sino que es abiertamente criminal. No sucederá el bombardeo que pide, pero no importa, él lo sabe. Lo que cuenta es que lo dijo y esa estigmatización ya quedó dando vueltas.

Él muestra la cara sin asomo de vergüenza porque sabe que hay otros, que no son pocos, que asienten y le aplauden. Alguno la volverá chiste porque cree que hay allí alguna gracia, como hacen con el racismo o el machismo. Otros madurarán la idea y la harán parte de la exclusión con la que se amenaza a los perdedores.

Por ahora sonríen de medio lado, algunos; otros ya no pueden esconder el mohín. Los seguidores más radicalizados de Abelardo de la Espriella enseñan los colmillos, esperando lanzar la dentellada.

Esa es la manada a la que le habla el susodicho tigre. A la que se sumaron algunos que creyeron que el peligro estaba en un enemigo muerto y no en el muy vivo monstruo que representan De la Espriella y los suyos.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/

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