Lo que en la derecha no hemos entendido

Las elecciones del pasado 8 de marzo dejaron muchas reflexiones para la derecha, especialmente en Antioquia. El crecimiento exponencial que tuvo la derecha en la Cámara de Representantes es un buen indicador de que, al menos en el departamento, como oposición al Gobierno nacional, lo hemos hecho bien.

Ahora bien, también debemos entender que una buena parte de esta votación, que hoy nos llena de orgullo, se debe en parte a un voto castigo frente a la mala gestión del Gobierno nacional. Aun así, el partido de gobierno – el Pacto Histórico – logró posicionarse como la segunda fuerza política en Antioquia, por encima de movimientos que se creían más fuertes por su trayectoria regional. 

Es aquí donde, como derecha, tenemos dos opciones: seguir sentados en la cómoda silla de los ganadores – al menos en Antioquia – y probablemente condenarnos a otros 20 años de oposición, que, aunque robusta, no deja de ser oposición; o mirar hacia la otra orilla y preguntarnos con honestidad por qué, aun con el desgaste del Gobierno nacional, siguen creciendo.

Después de estudiar el fenómeno y escuchar – por más horas de las que me gustaría admitir –  a los principales líderes de izquierda en Antioquia, logré identificar al menos dos razones por las que el Pacto se mantiene fuerte, más allá de las maquinarias gubernamentales, cuya existencia negar sería intentar tapar el sol con un dedo. Esas dos claves, que son precisamente lo que en la derecha aún no hemos entendido, son: la conexión popular y el entendimiento del sufrimiento.

La primera, aunque es fácil de explicar, es difícil de aplicar. Implica salir de nuestra comodidad electoral y meternos en territorios donde muchas veces no somos bienvenidos, pero donde el mensaje puede calar. Implica caminar barrios, corregimientos y pueblos apartados a donde históricamente no hemos llegado y donde, siendo francos – como lo dirían coloquialmente en esos mismos territorios -, la izquierda nos ha “comido la torta”.

Son pocos los políticos de derecha que hacen ese ejercicio en municipios que no hacen parte de su “Pareto” electoral. Hoy solo puedo mencionar a unos pocos que se cuentan con los dedos de las manos, por poner algunos ejemplos: Paola Holguín, Juan Espinal, Hernán Cadavid y Andrés Guerra. Pero, lastimosamente, siguen siendo la excepción y no la regla.

La segunda clave es aún más incómoda, porque exige una autocrítica más profunda. Es entender que la gente no vota solo con la razón, sino también con lo que siente y con lo que le duele. Nos hemos vuelto expertos en explicar el país desde lo técnico, lo cual no está mal, pero en el camino hemos olvidado escuchar. Hemos reducido los problemas de la gente a cifras, a fórmulas o a un discurso en contra del gobierno, y ahí es donde estamos fallando. Nos falta escucha, nos falta empatía y, como le escuché alguna vez al presidente Uribe, nos falta “un abrazo fraterno a los compatriotas”.

Así pues, hoy la derecha tiene dos caminos: seguir en esa cámara de eco triunfalista que nos funciona para ser oposición, pero que nos condena a quedarnos ahí, o hacer el esfuerzo incómodo de entender mejor al país, ponernos las botas, salir a escuchar y, sobre todo, volver a conectar con la gente. Porque si no corregimos eso, no vamos a perder por falta de ideas, sino por falta de conexión.

Otras columnas de este autor: https://noapto.co/nicolas-calle/

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