Lo más duro de ser mujer es darnos cuenta de que nuestros derechos no siempre lo fueron ni lo son para todas. No es fácil habitar un mundo que todo el tiempo pone como tema de conversación (y de agenda política) nuestras decisiones, nuestra autonomía sexual y reproductiva, nuestra manera de pensar, de actuar, de amar y hasta de maternar.
Ya lo dijo Simone De Beauvoir hace muchos años, pero la frase no pierde vigencia, por el contrario, se refuerza, especialmente en época electoral: «No olviden jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados». Y lo son una y otra vez. Basta con leer sobre el caso Wade vs Roe en Estados Unidos, anulado hace apenas unos años; o con saber lo que ocurre en Afganistán, por poner sólo dos ejemplos.
En Colombia hay división de poderes. Esto debería garantizar que los presidentes no tengan incidencia en las leyes y en la justicia. Por eso, los candidatos (algunos) aunque son enfáticos en sus posturas antiderechos, dicen respetar las decisiones de la Corte Constitucional, como una forma de no perder ciertos votantes. Sin embargo, en el fondo de sus discursos hay también división sobre qué tipo de mujer merece respeto: la obediente, la silenciosa, la que acompaña y adorna. Pero la que cuestiona, protesta, habla duro o exige sigue siendo ridiculizada. Olvidándose de que para nosotras también gobiernan, y de que nosotras también los elegimos.
Uno quiere creer que los derechos ya están conquistados y serán irreversibles. Pero la realidad es muy distinta cuando escuchamos discursos misóginos, cuando se enaltece una sola forma de ser mujer: la tradicional de esposa y madre; cuando candidatos a la presidencia de un país menosprecian el intelecto o la profesión de una mujer, cuando ese mismo candidato, y estoy hablando de Abelardo De La Espriella, dice que las feministas somos unas “viejas locas”. El mismo que dice que no puede dejar de ver a su esposa un día porque le parece una eternidad. ¿Será que el candidato sí sabe que, gracias a esas “viejas locas” su esposa, su madre, las miles de mujeres que lo vitorean en sus eventos, y algún día sus hijas, pueden salir a votar por él este 31 de mayo?
El abogado no sólo se ha manifestado contra el aborto sino que aboga por la familia tradicional como un pilar y eje de la sociedad. El mismo que habla de la “extrema coherencia” defiende a las madres cabeza de familia (resultado del patriarcado, por cierto, y normalizado por el machismo), pero dice en entrevistas que sus hijas están muy pequeñas para que se les hable de sexo y que, cuando llegue el momento, “que se encargue de eso la mamá”. Claro, porque en su enquistado y evidente machismo las mujeres somos las que parimos, criamos y sostenemos, pero que no se nos ocurra pensar ni mucho menos elegir.
Las viejas locas representamos la fuerza electoral más grande del país. Unas veintiún millones de mujeres estamos en edad legal para ejercer nuestro derecho al voto en las próximas elecciones. Y lo haremos honrando a esas otras locas a las que algunos llamaron exageradas, pero nos consiguieron este derecho. Incluso las que insisten en que el feminismo no es con ellas. Una gran parte le dará el voto a este señor que agrede e intimida a periodistas en televisión nacional, que se burla de nosotras y que nos considera inferiores. Y el feminismo también nos dio esa libertad, aunque signifique clavarnos un puñal.
Sin embargo, y aquí sí soy la vieja loca, señor Abelardo, sabemos Dios y yo que votaré por usted si llega a la segunda vuelta contra Iván Cepeda (por tres razones: porque no apoyo la continuidad del proyecto político de Gustavo Petro ni del Pacto Histórico, porque no soy el tipo de persona que se va a ver ballenas, y por un motivo mucho más íntimo que no expresaré públicamente), pero también seré su primera opositora si llega a la presidencia.
Su Primera Vieja Loca.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/