La vulnerabilidad de Medellín

Medellín enfrenta una nueva oleada de retos estructurales y, hasta ahora, no ha sabido echar mano de lo aprendido. Cada vez queda más en evidencia su vulnerabilidad, pese a los estanterías llenas de reconocimientos internacionales. 

Parece que Medellín se ahogó en su propio éxito. Desde hace al menos de una década no surgen proyectos de innovación urbana con el impacto de las Unidades de Vida Articulada (UVA) o las escaleras eléctricas de la Comuna 13. En el horizonte próximo tampoco se vislumbran transformaciones de ese nivel; esas que, como se dijo en la entrega del premio conocido como el “Nobel de las Ciudades”, hicieron que Medellín fuera referente mundial en urbanismo social e inspiración para tantas ciudades. 

Una manera de entender la vulnerabilidad es a partir de la facilidad con la que una ciudad puede retroceder a una condición no deseada frente a una crisis externa —sea ambiental, social o económica—. Una ciudad resiliente evalúa, planifica y actúa para prepararse y responder ante todas las amenazas —tanto los choques agudos como las tensiones crónicas—, especialmente aquellas que provienen del cambio climático, señala ONU Hábitat. 

Si hablamos en términos de violencia, es innegable que estamos mejor que hace 10 o 20 años. Pero seguimos siendo vulnerables, porque esa relativa calma depende de múltiples factores —que no abordaré aquí, pero que todos conocemos— que pueden romper ese ‘eliquibrio criminal’. Las estructuras ilegales no desaparecieron; mutaron, y su control territorial sigue siendo una sombra sobre los barrios más frágiles.

Medellín también es vulnerable ante la variabilidad climática. Hoy se estima que unas 180.000 personas viven en zonas de alto riesgo, ya sea por la cercanía a quebradas, las laderas pronunciadas o los suelos inestables con riesgo de deslizamiento. Son comunidades enteras asentadas en áreas donde un aguacero fuerte puede convertirse en tragedia.

Primero fue el río, luego la ciudad. Pero parece que se olvidó esa simple verdad. Hoy el río Medellín tiene más de medio centenar de puntos críticos a lo largo de su paso por la zona urbana del Valle de Aburrá. Algunas de esas fallas, invisibles, podrían incluso comprometer la estabilidad del Metro, orgullo de la ciudad y columna vertebral de su movilidad.

La vulnerabilidad también se expresa en lo cotidiano. En los últimos años, el sistema de transporte público ha perdido usuarios: entre 2018 y 2023, el Metro y los buses integrados redujeron cerca del 15 % de su demanda, mientras aumentó de forma alarmante el número de motocicletas. En Medellín hay hoy más de 650.000 motos registradas, una cifra que crece cada año. Vulnerabilidad también es crecer en la dirección contraria de lo que nos ha hecho exitosos teniendo como eje el sistema masivo de transporte. 

Medellín, si quiere retomar el rumbo, deberá tomar el control de su destino. Dejar de mirar los trofeos del pasado y volver a hacer lo que mejor sabe: innovar, integrar y transformar.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/daniel-palacio-2/

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