“Toda la vida intentando ver poesía por todas partes. Porque si no sentía poesía por todas partes no sabía vivir”. Manuel Vilas.
Alguien compartió en Twitter la foto de un higuerón que hay en la entrada de su edificio y dijo que ese árbol le resultaba esencial en la vida diaria. Pensé en cómo muchos abrazamos aquello que se convierte en una salvación permanente: lo que hay que mirar para levantarse. A veces escribo a partir de la naturaleza, sobre pájaros y árboles con los que alucino para poder observar de nuevo la vida, para verla con otro lente, especialmente cuando está oscura y parece que me he quedado ciega. Dijo Dan Brown en una entrevista que “la muerte y la vida van juntas. Lo ves en la naturaleza, que es cíclica. Las respuestas que necesitas están en la naturaleza. Y por eso allí es donde está Dios”. Tal vez cuando miro a través de la belleza salvaje se abre una ventana, entra luz y, aunque nada esté claro, no cierro los ojos ante la imposibilidad de soltar la poesía.
Conozco gente llena de impresiones valiosísimas sobre el mundo que está cansada. Que prefiere callarse. Que cree que, en medio de tanto ruido, no merece la pena el esfuerzo, hablarles a tantos empeñados en la ceguera, a quienes se aferran a lentes distorsionados y parecen no darse cuenta. El cansancio es uno de los protagonistas de nuestro presente. Yo también padezco ese hastío y a veces le coqueteo al mutismo. Pero me roza mi entorno y enciende la llama de nuevo, recordándome que eso sería morirme.
Recordó Paco Cerdà esa idea de Paul Celan sobre que “el poema es una botella con mensaje lanzada al mar con una esperanza: que alcance la tierra en algún lugar y algún momento, tal vez la tierra del corazón». Creo que quienes escribimos elegimos un lente para mirar la realidad, una manera de absorber la vida y dibujarla para que viaje por el mar, invisible para la mayoría, pero con la capacidad de llegar a alguna orilla y convertirse en poema a través de los ojos de alguien más. Al menos en honor a tanta belleza, hay que seguir intentando comprender y escribir y que lo escrito flote hasta quien tenga el alma abierta.
En ese mismo artículo en el que Paco Cerdà habla sobre las terribles inundaciones en Valencia el año pasado, en las que miles de personas lo perdieron todo, el periodista cuenta que un superviviente de la dana le dijo: «Pero una cosa sí que he aprendido: reconstruir exige silencio. Mi padre, que era llaurador y había sufrido tres riadas, nos enseñó la calma y la terquedad necesarias para volver a labrar la tierra inundada». Hay que saber volver al silencio, incluso con el alma en llamas. Y después pensar y escribir. Las palabras de un texto viajan discretas, despacio, a veces no encuentran destino. Pero ahí quedan, como un poema, como el árbol a la entrada de la casa, para quien quiera oír su música.
Dijo también Manuel Vilas que “la poesía es una forma inmarchitable de fervor”, así que en este presente atiborrado de basura, tontos famosos, noticias falsas, vendedores de humo y videos en los que ya no sabemos si podemos creer, urge lo que jamás perderá vigencia, que va de la mano de la cordura, la más bella forma de resistencia: una mirada que pasa por la belleza, es decir, la poesía.
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