Las emociones mueven las elecciones, y eso no es ninguna novedad. El miedo y la esperanza suelen conducir a la gente hacia una u otra candidatura. Hasta ahí, nada nuevo. Lo llamativo —y no sé si novedoso, pero sí sintomático— es que, en estas elecciones, habiendo opciones capaces de generar esperanza, solo puntean en las encuestas las que dan miedo: Cepeda y De la Espriella.
Los villanos de los extremos. Los “malos del paseo”. Los personajes de reparto que, de repente, creen que son el protagonista.
Uno se pregunta por qué este par de señores, con un pasado turbio y una presencia más cercana a la caricatura —entre gánsters de pacotilla y dictadorcitos tropicales— parecen ser los preferidos de tantos colombianos. ¿No había más opciones? ¿Es lo mejor que tienen sus partidos u orillas políticas?
A esta última pregunta la respuesta es un rotundo no. Hay más de dónde elegir y, aun así, se insiste en premiar a los polémicos, a los incendiarios, a los que funcionan como villanos de película: sirven para polarizar, para insultar, para arrinconar al otro. No para gobernar.
Y no, no estoy hablando de que voten por el centro (yo sí lo haré, y no tengo ninguna intención de “convertir” a nadie: después de un tiempo una entiende que a los extremos no se les trae a la moderación con argumentos). Lo que sí me inquieta es esto: incluso dentro de sus extremos, ¿de verdad no pueden escoger algo mejor? Sin duda pueden.
Señores: tienen a Paloma y a Roy. ¿No lo ven?
Con figuras así podrían arrastrar al centro-derecha o al centro-izquierda sin demasiado esfuerzo y, probablemente, ganar. Pero sobre todo —y esto es más importante— podrían dejarle a Colombia una opción de Gobierno Nacional mínimamente decente: gente con capacidad política real, con oficio, con posibilidad de construir mayorías y no solo enemigos.
Sin embargo, ese planteamiento —que mezcla cálculo electoral, deseo de buen gobierno, búsqueda de unidad nacional y la necesidad urgente de recomponer un país roto— parece no calar en los ultras de derecha e izquierda. Y es un fenómeno difícil de explicar.
La sensación que percibo en quienes votarían por alguno de estos dos villanos es la del acorralamiento: “no es bueno, pero derrota al contrincante”. Un error garrafal. Un “cara y sello” osado, además, porque deja al centro sin opciones… y esos son los votos que hay que ganar si de verdad quieren gobernar y no solo gritar.
Yo me pregunto siempre: ¿quién los está acorralando? Más que una realidad, es un estado emocional colectivo alimentado por años de rivalización constante. Porque sí: es posible llegar a un acuerdo imperfecto sobre lo que entendemos por una buena sociedad y sobre cómo se debe gobernar. Nadie quedará completamente feliz, pero muchos podrían quedar, al menos, satisfechos.
El problema de los extremos —y de sus villanos— es que garantizan lo contrario: medio país no solo quedará infeliz sino profundamente insatisfecho. Y ese es un mal escenario para el bienestar, para el desarrollo económico y, sobre todo, para la gobernabilidad: gobiernos atrapados en una pelea eterna con la oposición, gastando energía en humillar, bloquear y “cobrar” políticamente, en vez de resolver.
Es hora de escoger mejores candidatos, sin importar la ideología. Candidatos capaces de construir sin dejar a medio país por fuera en el siguiente período, como ya lo acabamos de vivir.
Es hora de votar sin miedo, con esperanza, con ética, sin rivalizar.
Este país no lo ganan los bandos extremistas cuando “ganan”, este país se pierde en esa absurda división.
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