En estos días, un usuario subió a sus redes la foto de la carta de un café ubicado en El Poblado, en Medellín. Detrás de los nombres fanfarrones y los precios ridículamente altos, se escondía una carta bastante genérica, similar a la que es fácil encontrar en cualquiera de los muchos cafés que hay en la ciudad. ¿El valor agregado de ese lugar? Ninguno, más allá de una pseudoimagen de prestigio y alta cocina, construida a punta de nombres pretenciosos, vajilla estilizada y una decoración que apela más al postureo que a la experiencia real. Todo pensado para las fotos, no para el paladar. Un espejismo gourmet que, en el fondo, vende lo mismo que cualquier otro sitio, pero disfrazado de exclusividad.
Sin embargo, ¿por qué este tipo de lugares son cada vez más comunes y encuentran un público que paga por sus productos?
Salir en Medellín se ha vuelto cada vez más costoso, y el impacto es mayor para el bolsillo de nosotros, los locales. Fenómenos como la gentrificación y la especulación han ido desplazando a muchas personas de sectores tradicionales de la ciudad, que hoy solo pueden ser habitados por extranjeros que gastan en dólares o por quienes tienen la capacidad de pagar y seguir el ritmo de cuentas que, para dos personas, por platos no muy sofisticados, exceden los 200.000 pesos.
Es obvio decir que un trabajador con salario mínimo, si escasamente cubre gastos de habitación y alimentación, mucho menos puede costear rubros como la recreación o el esparcimiento. Pero el problema no se detiene ahí. Incluso para una persona de clase media, con estudios, empleo formal y cierta estabilidad, vivir en Medellín empieza a sentirse como una carrera de resistencia: arriendos que suben sin control, precios inflados en lo cotidiano y un estilo de vida cada vez más inaccesible. Porque claro, no es un tema solo de bares y restaurantes: lo de Medellín es un aumento generalizado del costo de vida que ahoga en silencio a muchos, desplazándolos de forma interna o incluso hacia otros municipios.
De acuerdo con el DANE, en abril la inflación de Medellín estuvo presionada principalmente por los sectores de restaurantes y hoteles, cuyos precios aumentaron 8,43%. A estos les siguieron los servicios de alojamiento, agua, electricidad, gas y otros combustibles, con un aumento del 6,87%; educación, con 5,93%; salud, con 4,93%; y alimentos y bebidas no alcohólicas, con un 4,77%. Con estos datos, Medellín supera incluso a Bogotá en percepción del costo de vida.
El alza en el costo de vida en Medellín está estrechamente relacionada con el creciente flujo de turistas extranjeros, que ha elevado la demanda de bienes y servicios, especialmente en sectores como el gastronómico y el de alojamiento. Esta mayor presión sobre la demanda ha contribuido al encarecimiento de productos básicos y ha incentivado la expansión de plataformas como Airbnb, que capturan una parte significativa del mercado de vivienda temporal. Como consecuencia, la oferta de viviendas para arriendo permanente se ha reducido, elevando los precios y afectando a los residentes locales, especialmente a los de ingresos medios y bajos. Esta dinámica ha intensificado la percepción de que Medellín es hoy una de las ciudades más costosas del país.
¿Qué camino nos queda? ¿Cuánto más vamos a tolerar que la ciudad sea cada vez menos nuestra y más de quienes están de forma transitoria?
No con ello quiero tomar una postura radical de negarme a las bondades del turismo como motor del progreso en la ciudad, ni mucho menos asumir una actitud xenofóbica contra quienes llegan. Sin embargo, esto es una olla a presión que, si no se aborda con voluntad desde diferentes sectores —públicos y privados—, va a estallar a niveles similares a los de Ciudad de México o Barcelona.
La ciudad no puede seguir disfrazando de progreso lo que, en el fondo, es exclusión maquillada. Medellín no necesita más cafés bonitos para la foto, necesita políticas que cuiden a quienes la habitan. Porque cuando vivir en tu propia ciudad se vuelve un lujo, lo que está en juego no es el estilo de vida, es el derecho a pertenecer.
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