Minutos después de publicar mi columna anterior, en la cual anunciaba –desde el título–que votaría por Iván Cepeda, incluso a pesar de Petro, ya había perdido varios amigos “democráticos” y la estima de otros cuantos. Paradójicamente, de los que nunca votarían por Cepeda, porque, según ellos, sería el fin de la democracia.
Se asombraban unos de que yo, que me declaro una persona de centro, pudiera llegar a votar por Cepeda, porque dicen –y creen– que acabaría con el Estado social de derecho y con nuestras principales instituciones, empezando por la Constitución de 1991.
Me extraña –y hasta me asusta– a mí de ellos, ciudadanos supuestamente conscientes, dos asuntos: 1) que tuvieran raseros exageradamente desiguales para evaluar el peligro que uno y otro candidato representan; y, en consecuencia, 2) que, aún con esa asimetría de juicio, no les parezca más amenaza Abelardo de la Espriella (ADLE), que Iván Cepeda.
Entre tantas barbaridades y despropósitos, ADLE, el “Defensor de la Patria” ha dicho que este es un “país de desagradecidos, desleales y cafres”, por el cual no vale la pena sacrificar a su familia. Ha prometido “destripar” a la izquierda que es una “plaga que debería ser erradicada”, y anunció, en su discurso ganador, que a partir de ese momento neutralidad sería complicidad: una forma de advertir, claramente, que el que no estuviera con él estaría en contra de él. Aunque no le importa mucho, porque, amenaza, impondrá sus condiciones “por la razón o por la fuerza”.
Asimismo, ha hostigado a medios de comunicación como La Silla Vacía; mantiene una obsesión con silenciar a la prensa a través de acciones legales; y ha maltratado a periodistas –especialmente mujeres– a las que no duda en tildar de ignorantes o activistas cuando lo contradicen o simplemente le hacen una pregunta incómoda. Más aún, ha presumido en medios del tamaño de sus genitales, como arma infalible para atraer votantes del sexo femenino.
Sigo con su listado. Ha celebrado la existencia del paramilitarismo y de que la sociedad civil se arme. Como abogado no solo ha defendido a personajes sombríos, sino que ha tenido vínculos turbios con varios de ellos, tales como Alex Saab (testaferro de Nicolás Maduro) y David Murcia Guzmán (DMG), que desfalcó a cientos de miles de colombianos. Algunas investigaciones, entre ellas la realizada por La Silla Vacía, muestran que su gran fortuna no se justifica por sí sola y contrasta con el mal rendimiento de sus empresas, aun cuando posa de empresario exitoso.
Entre muchas de sus propuestas exprés para convertir a Colombia en una “Patria Milagro”, ADLE como “empresario de realidades y no como mercader de ilusiones” ha propuesto reducir el Estado en un 40%, entre otras vías, eliminando unos 700.000 cargos de funcionarios y contratistas y 121 entidades, empezando por la JEP. Ha prometido sacar a Colombia de la CIDH, la ONU, la OEA y otros organismos internacionales que “no dan plata”. Para empezar a cumplir sus promesas y demostrar su eficacia, el primer día de su gobierno emitirá 90 decretos –que en su mayoría regularían derechos fundamentales–: una ligereza que implicaría saltarse al Congreso y a las Cortes. Finalmente, ADLE no solo no rechaza la intervención de Ecuador y EE.UU. en nuestras elecciones, sino que la celebra y promueve que lo hagan, lo que va en contra de nuestra soberanía.
Por dos o tres cosas equivalentes a las de este listado que Cepeda dijera, hiciera o propusiera, lo condenarían al último círculo del infierno de Dante, reservado para los traidores, en este caso de la Patria. Abelardistas, uribistas y hasta muchos centristas, empezando por los grandes medios de comunicación del establecimiento colombiano (RCN, Caracol, Semana, El Tiempo, El Colombiano, El Espectador) que hoy lo tildan de extremista, no lo bajarían de dictador. Si aplicaran el mismo estándar que le aplican a Cepeda, ADLE estaría políticamente liquidado
Dos ejemplos concretos bastan para ilustrar esta asimetría en el trato. Primero: el desafortunado trino de Cepeda en el que decía “Si no te gusta Colombia, nuestra gente, nuestra cultura y nuestra comida: ¿por qué no te vas del país?” generó mucho más escándalo y condena que la frase de ADLE “este es un país de desagradecidos, desleales y cafres”. Si Cepeda nos hubiera tratado así, la indignación nos duraría toda la vida. Segundo: es fácil imaginar el revuelo que habría causado si Rusia o Venezuela hubieran intervenido abiertamente en nuestras elecciones a favor de Cepeda y este hubiera ganado, tal como lo hicieron EE.UU. y Ecuador a favor de su rival. No exagero si digo que todavía sería el tema de discusión.
Son comprensibles algunas de las objeciones que se le hacen a Iván Cepeda. Pero son complacientes casi todas las concesiones que le otorgan a De la Espriella. Son implacables con las críticas al primero y permisivos con los disparates del segundo. En suma, hay una sobredimensión de los peligros que representa Cepeda y, al contrario, una subestimación –cuando no hasta exaltación– de las barbaridades del segundo.
No importa que sea un peligro –el mayor– para nuestra democracia, como lo advierte el académico y analista político Jorge Giraldo Ramírez –para nada petrista– en una columna reciente titulada La vergüenza. Empieza diciendo “Abelardo de la Espriella es ejemplo de la desfachatez” y la cierra con esta sentenciosa frase: “El deber hoy es evitar el ascenso al poder de un hombre que amenaza la convivencia, la libertad, la paz y la búsqueda de un orden justo”, en clara alusión al desfachatado.
Si con 10 puntos a favor de ADLE, que a diez días de la segunda vuelta marcan las encuestas, la derecha y los antipetristas están tan encolerizados con Cepeda y con los que vamos a votar por él ¿cómo estarían si estuvieran 10 puntos por debajo? ¿Cómo serán cuando sea presidente? ¿Nos destriparían?
La polifacética Hannah Arendt nos recordaba que “La banalidad del mal no viene de los monstruos. Viene de la gente normal que deja de pensar”. Y el profesor Tomás Molina complementa, para nuestro contexto: “No podemos olvidar que hay gente que sí sueña con un destripamiento o exterminio de la izquierda. Ese no es solo el deseo de un candidato tiránico y demencial, sino una fantasía compartida por varios sectores de nuestra sociedad”.
Si usted realmente cree que en estas elecciones están en riesgo la democracia, las instituciones, el Estado social de derecho y nuestra Constitución en general, y considera que Cepeda encarna esos peligros, entiendo sus inquietudes, aunque no comparta todas. No pretendo convencerlo de que vote por él, porque siempre he creído que bajo ninguna circunstancia ganaría. El cómo sea y con quién sea contra Cepeda, que tanto propugnaban sus detractores, no tenía pierde un país con un establecimiento tan poderoso y conservador como el nuestro. Hoy los resultados y las encuestas me han dado la razón.
Pero si su preocupación por la democracia es genuina, no entiendo ¿cómo puede votar por ADLE o abstenerse de votar? Claramente, De la Espriella es un candidato obsceno, que tiene poco o nada de demócrata; le fastidian los cuestionamientos y los controles institucionales –incluyendo la Constitución– y no está dispuesto a tolerarlos por mucho tiempo.
Si quiere preservar la dignidad de la democracia y está de acuerdo en que ambos candidatos son una amenaza para la misma, no solo tiene la opción sino el deber de votar en blanco, que es la expresión del rechazo a los dos, y que, consistentemente, siempre ha sido muy alto para ambos en todas las encuestas presidenciales.
De manera que, si usted es antipetrista, anticepedista o ambas cosas, pero valora la democracia, el próximo domingo tiene dos opciones:
1) “firmar por la patria que representa ADLE –en la que “los nunca” ya se fusionaron con “los de siempre” – y de la que, dijo, era de “desagradecidos, desleales y cafres”; o
2) firmar por la democracia y votar en blanco.
Abstenerse, en este contexto, no refleja el rechazo al autoritarismo, sino que termina favoreciendo a ADLE. Que el voto en blanco, como expresión de rechazo, sea entonces la reivindicación de la democracia.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/