Firmen por la patria

La política colombiana es una fábrica de milagros lingüísticos: reformas que empobrecen se llaman “solidarias”, recortes se disfrazan de “optimización” y privatizaciones se venden como “modernización”. Pero pocas veces un eslogan reveló tan bien un proyecto de poder como el de Abelardo de la Espriella.

Durante la campaña nos pidieron estar «Firmes por la patria». La frase sonaba viril, patriótica, casi cinematográfica: colombianos erguidos defendiendo la nación mientras una música épica sonaba de fondo y alguien agitaba una bandera en cámara lenta.

Después de las elecciones el país descubrirá que leyó mal. No era “Firmes por la patria”. Era “Firmen por la patria”. El verdadero modelo de gobierno quedará expuesto: menos derechos, más contratos. Porque en Colombia la patria casi siempre termina estampada en un papel membretado. El nacionalismo dura exactamente lo que tarda en aparecer una licitación. Después llegan los convenios, los otrosíes y los estudios técnicos que, milagrosamente, concluyen lo mismo que quería el contratista desde el principio. 

Por eso el primer consejo de ministros será breve. Abelardo no hablará de desigualdad ni de empleo. Eso sirve para las campañas, no para gobernar. Entrará al salón, se acomodará la corbata con la tranquilidad de quien jamás ha hecho fila en una EPS y dirá:

—Firmen por la patria. 

Y el gobierno empezará a facturar. El ministro de transporte firmará entregando carreteras a los mismos de siempre, esos «empresarios» patriotas que convierten cada peaje en un acto de amor nacional. El de salud firmará garantizando que conseguir una cita médica siga siendo una experiencia espiritual basada en la paciencia y la resignación. El de educación también firmará, procurando que los colegios enseñen lo realmente importante: obedecer, repetir y no preguntar demasiado. Porque un estudiante crítico puede convertirse en periodista o peor: en ciudadano.

Mientras dentro de la Casa de Nariño circulan contratos entre café importado y lapiceros elegantes, afuera el país seguirá sosteniéndose con ingeniería de supervivencia. Los maestros harán malabares para enseñar sin recursos mientras escuchan discursos sobre “transformación educativa”. Los jóvenes acumularán diplomas para competir por trabajos que pagan con experiencia y motivación. Y los campesinos seguirán sembrando comida en un país donde el intermediario gana más que quien trabaja la tierra y el consumidor termina pagándola como si la hubieran cultivado en Suiza. 

Pero tranquilos: todo seguirá haciéndose por la patria. Esa patria donde los discursos sobre la nación milagro suelen pronunciarse mejor desde un club privado, copa de ron Defensor en la mano y escoltas esperando afuera, mientras el resto del país hace filas en hospitales, bancos y oficinas públicas. La burocracia colombiana perfeccionó una idea brillante: convertir cada problema social en un trámite interminable. El hambre ahora cabe en un informe técnico. El desempleo se mide en porcentajes. Y los ciudadanos dejaron de ser personas para convertirse en usuarios que deben sacar turno, llenar formularios y esperar pacientemente a que el sistema les responda que su solicitud sigue “en proceso”.   

Con el tiempo, la consigna dejará de sonar a lema de campaña y empezará a imponerse como la verdadera instrucción nacional: firmen la concesión, firmen el contrato, firmen la reforma. Firmen rápido. Porque mientras unos firman por la patria, el resto del país no tendrá otra opción que seguir jugándosela por la vida.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-ramirez/

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