Hace unos días oí a alguien decir que lo convencía el candidato Abelardo De La Espriella, entre otras cosas, porque defendía los valores familiares con los que nos criaron. Me quedé callado, primero porque me parece que esa defensa de valores tradicionales es más una pose que cualquier otra cosa, pero no solo eso: ese temita de los “valores tradicionales de la familia” es algo demasiado repetitivo, y muy poco acertado.
Desde hace mucho tiempo escuchamos casos en toda la región (y tal vez en todo el mundo) de políticos que se escandalizan por permitir la adopción de parejas del mismo sexo, por la despenalización del aborto, porque se hable de igualdad de género a los niños pensando que se van a volver homosexuales y que acabarán las familias, porque las personas estén teniendo familias menos numerosas y hasta porque nos llegara a gobernar un ateo. Ninguno de estos casos es nuevo.
No pensaba que tuviera nada más qué decir. El tema de los valores familiares parece estar totalmente quemado, que ya ha ofendido lo suficiente a las generaciones jóvenes como la mía, mientras que las mayores se apegan a este discurso, pero estaba lejos de ser verdad. Cuando ya parece que todo el mundo está mamado, que ya se dijo todo lo que se tenía que decir hace por lo menos diez años me doy cuenta que la noción de «Dios, Patria y Familia» es como una hidra: le cortas una cabeza y crecen dos más.
Algunas de las nuevas cabezas que crecieron acá en Colombia son una valla publicitaria en la entrada del Congreso promoviendo tener más hijos como una forma de “Salvar a Colombia”; declararse en contra de eventos interesados en manifestaciones espirituales diversas como el Congreso Mundial de Brujería acá en Medellín; y campañas como la de Abelardo De La Espriella, el cual dice que quiere ser “el Ciro de Colombia”, que posa con la Biblia como parte de su campaña y en sus discursos ataca e invalida tanto a las personas homosexuales como a las personas de izquierda.
Políticos como Donald Trump, Jair Bolsonaro, Giorgia Meloni, Santiago Abascal y ahora De La Espriella se han fortalecido a partir de esta imagen de familia que protege valores fundamentales para la religión y para la patria, y así como hay políticos en las redes es cada vez más común encontrarse influenciadores que promulgan este tipo de creencias, como el español Antonini de Jiménez, que en un reel de Instagram decía que tenemos menos hijos “porque los hijos se tienen en el matrimonio, y el gobierno ha convertido el matrimonio en cualquier cosa”.
Qué montón de voces tan intensas y agresivas atacando en cualquier momento, movilizando millones, hablando de una estructura básica que no puede cambiar más porque si lo hace la civilización va a colapsar por tanta inclusión, tanta falta de Dios, de patria y de familia en las vidas de la gente (palabras suyas, no mías).
Pero ¿esto sí es así? ¿Y las familias que no se apegan a su imagen de cómo debe ser una familia qué? ¿Los hijos de divorciados, homosexuales, transexuales, ateos, o parejas que deciden no tener hijos deben ser siempre atacados y estigmatizados? ¿Y si nuestras familias no defienden eso?
Me considero una persona muy familiar; siempre está presente en mi vida y sé que es un refugio, pero también soy consciente de que ese es un privilegio que pocos tenemos. La familia es, tal vez, el sistema social más complejo y arbitrario que existe, y hablar de unos modelos tan estandarizados es, cuanto menos, ingenuo y desconectado de la realidad social, y más apegado a una idea estereotipada de familia, llena de moldes rígidos que se desbaratan fácilmente.
Pienso en mi familia y en los valores que me han dado, y cómo es que muchas veces chocan con lo que estos discursos promulgan, en algunos de los valores que con mayor intensidad me han dado, y entre ellos está la tolerancia, el respeto hacia los otros, algo que, convenientemente, en los defensores de los valores tradicionales suele brillar por su ausencia. Mi familia es mi mayor fuente de apoyo y de cariño, está siempre en mi mente, me da un ejemplo y la amo y admiro profundamente, pero también es un espacio de cuestionamiento constante sobre mi vida, sobre quién quiero ser y quien no, sobre los errores que he cometido y los que no quiero cometer. De mi familia he aprendido algunas de las lecciones de tolerancia más valiosas de mi vida: como a entender a los otros que están cerca, a que el ejemplo puede venir de los errores, a perdonar y comprender que no todas las situaciones ni contextos de vida se pueden clasificar como buenos o malos, y son igual de válidos.
Mi familia está llena de divorciados, alcohólicos, transexuales, cisgéneros, religiosos, niños, viejos, y de todos tengo constantemente cosas por aprender, y un valor fundamental que persigo es la lealtad, lealtad para defenderlos y apoyarlos más allá de una visión fragmentada y prejuiciosa de lo que está bien y lo que no, y que no tiene en cuenta muchas realidades difíciles, tolerancia y amor. Mi familia es, ante todo, algo que defiendo y protejo, pero no lo promulgaría como una base universal y uniforme cuando sé que es un privilegio, sobre todo una familia como la mía.
Además, es muy irónico que el candidato presidencial que se vende como el candidato de Dios y de los valores haya falsificado el 62% de las firmas que necesitaba para ser candidato, así como algunos políticos que defienden esos “valores familiares” realmente no los predican: casos de infidelidades, hijos extramatrimoniales y divorciados son muy frecuentes en estos políticos como Matteo Salvini en Italia o Jair Bolsonaro en Brasil.
También pasa una cosa, y es que, ¿Cuáles son los valores que promovemos como sociedad promoviendo a esta clase de gente? ¿Tolerancia? ¿Empatía? ¿Respeto? ¿Compasión, misericordia o justicia?
He visto más de una vez a padres orgullosos diciendo que sus hijos son de derecha, que no creen en lo que les dice el gobierno, que las cosas son así y que no van a dejar que nadie los “adoctrine”. La verdad me da lástima, porque no son conscientes de que, por lo general, les enseñan a sus familias a tener sus mismos prejuicios, sin pensar que eso no ayuda al mundo, sino que lo hacen más intolerante.
Entonces, ¿Por qué confiar en un oportunista mentiroso y tramposo como Abelardo De La Espriella se venda a partir de la moral y la defensa de los niños? ¿Por qué apoyar a gente que predica un montón de valores postizos que les sirven para parecer preocupados por la gente, pero en verdad solo son un reflejo de lo desconectados que están y lo indolentes que son?
Siempre hay algo nuevo, siempre hay algún escándalo, alguna manipulación, alguna mentira que contradice lo que predican. Preparémonos para el siguiente asalto del populismo de los valores familiares, porque llegará, y ojalá estemos listos para ganar ese combate y la fe y las familias no vuelvan a ser un instrumento de manipulación política.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/miguel-echavarria/