¿Por qué Sergio Fajardo no debería participar en la Gran Consulta?
En política hay decisiones que no se evalúan únicamente por la probabilidad de ganar en el largo plazo, sino por el tipo de derrota que se acepta —a veces de manera silenciosa— antes incluso de empezar la competencia.
La Gran Consulta, más allá de su retórica incluyente y su apelación a la unidad, no es un espacio de centro. Es una convergencia de centro-derecha, allí está Paloma Valencia (@PalomaValenciaL), Vicky Dávila (@VickyDavilaH) y Juan Carlos Pinzón (@PinzonBueno), que no son precisamente de centro. Responde a una tradición política distinta de la que Sergio Fajardo (@sergio_fajardo) ha representado durante años. Entrar allí no significaría ampliar el centro, sino desplazarlo, reubicarlo en un contexto ajeno y obligarse a competir bajo reglas que no diseñó.
El centro, cuando se ve forzado a explicarse permanentemente en clave de derecha o de izquierda, deja de ser una alternativa crítica para convertirse en un apéndice. Se transforma en una nota al pie de página. Y la política colombiana ya está saturada de notas al pie: proyectos que no desaparecen del todo, pero que tampoco logran incidir.
A este aspecto identitario se suma un dato incómodo, pero decisivo: la correlación real de fuerzas en una consulta que coincide con las elecciones legislativas. En ese escenario, la estructura importa tanto —o más— que la narrativa. El Centro Democrático (@CeDemocratico), con Paloma Valencia como figura visible, cuenta con una maquinaria electoral para Congreso muy superior a la de Dignidad & Compromiso (@dignidadycomp) de Fajardo. Esto es una realidad política. En una consulta de estas características, el arrastre de los votos en el legislativo no es un factor secundario: es el eje del resultado, cuando las personas reciban los tarjetones para Senado, Cámara y Consulta.
Así, Fajardo no entraría a disputar un liderazgo en condiciones de relativa igualdad, sino a legitimar un desenlace previsible: una consulta ganada por quien tiene mayor estructura legislativa. Participar en esas condiciones no sería competir; sería validar un diseño que lo desfavorece y que, además, podría reforzar la narrativa de la irrelevancia del centro.
Ahora bien, no participar no equivale a salirse del juego democrático ni a adoptar una postura de superioridad moral. Fajardo puede —y debería— respaldar la Gran Consulta como un ejercicio legítimo, reconocer la decencia de quienes la integran y defender la competencia institucional frente a la polarización destructiva que encarnan figuras como Iván Cepeda (@IvanCepedaCast) y Abelardo de la Espriella (@ABDELAESPRIELLA). Apoyar la consulta de la centro-derecha, con la cual existen coincidencias programáticas evidentes, pero sin diluirse en ella.
En un país que suele confundir pragmatismo con incoherencia ideológica, la verdadera complejidad política consiste en saber decir que no sin romper la democracia. El centro que representa Fajardo no se afirma ocupando cualquier espacio disponible, sino sosteniendo una diferencia precisamente cuando resulta más cómodo —y aparentemente más rentable electoralmente— renunciar a ella.
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