Fajardo: no apto para ser electo

Reconocer su trayectoria no me impide señalar los errores que han condenado al centro político a acumular derrotas y a romantizar sus fracasos como si fueran gestas morales.

Antes de que algún seguidor del candidato se apresure a tacharme de “antifajardista”, “uribista” o “petrista”, conviene aclarar algo: he votado por Sergio Fajardo, y como están las cosas, probablemente lo volveré a hacer en 2026 (aunque con menos convicción que en el pasado). Fajardo puede ser un tipo apto para gobernar, pero no apto para ser electo por las mayorías. 

El problema de fondo es evidente: el centro ha sido torpe para leer el país, sus cambios, sus tensiones, y su evidente polarización. El liderazgo de Fajardo, inconscientemente, ha encarnado esa desconexión. Durante años ha antepuesto una superioridad moral —ese aire de estar por encima del barro político— a la necesidad de comprender el país real y sus complejidades. En la práctica, esa actitud no solo ha debilitado a su propio proyecto, sino que ha eliminado cualquier posibilidad de construir una fuerza política con capacidad de competir.

A esto se suma un hecho inocultable: Fajardo solo se la juega por él… y por Jorge Enrique Robledo. Esa dupla improbable —un académico obsesionado con su imagen moral y un dirigente dogmático del MOIR— se ha convertido en una alianza que no suma, no inspira y no convoca. En cambio, excluye, resta y limita sus posibilidades.

Su caída constante —y predecible— en las encuestas no obedece a ninguna conspiración mediática, sino a una decisión política propia: Fajardo se aisló voluntariamente y nunca supo construir a su alrededor. En vez de tejer alianzas, formar equipos sólidos y disputar liderazgos, apostó por un proyecto personalista que confundió la independencia con la soledad. Mientras otros entendieron que la política se hace con políticos —con negociación y construcción colectiva—, Fajardo optó por el repliegue: rodearse de pocos, vetar a quienes podían incomodarlo y reducir el centro a una postura moral, antes que convertirlo en una fuerza electoral. De ahí que hoy hablar de una “nueva mayoría” resulte fantasioso a 4 meses de la primera vuelta. La nueva mayoría debió construirse con mucha antelación. 

La prueba está en su pasividad —o incapacidad— para conformar una lista fuerte al Congreso. El veto contra Alejandro Gaviria, y su silencio calculado ante la posibilidad de construir una coalición de centro robusta, revelan su falta de agencia y liderazgo político que ya es estructural. Fajardo parece más cómodo rodeado de pocos y fieles que desafiado por muchos y mejores. Prefiere la pureza al poder, la comodidad al riesgo, la coherencia moral que él mismo se atribuye a la construcción real de un gran proyecto.

Fajardo tuvo una gran Alcaldía y, sin duda, una buena Gobernación. Tiene una hoja de vida que lo respalda; sin embargo, no ha sabido convivir con su permanencia en la política. Su negacionismo frente a ella es, de hecho, una de sus mayores contradicciones. Insiste en presentarse como alguien ajeno a la política, pero lleva tres décadas viviendo de ella. Ha sido alcalde, gobernador, fórmula vicepresidencial y candidato presidencial en tres ocasiones. Nunca se ha apartado realmente del escenario político. Y si su propósito era desmarcarse para encarnar un tipo distinto de liderazgo, lo cierto es que ha fracasado en ese intento.

Ojalá esta columna envejezca mal: que Fajardo no se vaya a ver ballenas, sea capaz de ser electo por las mayorías y termine convirtiéndose en presidente. Después de los últimos gobiernos, sería un escenario casi ideal para un país que llega a 2026 golpeado, cansado y necesitado de moderación. Pero seamos realistas: con la dirigencia actual y sus ínfulas de superioridad, el centro político tiene tanto futuro como Robledo en la política.

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