Exigirle a nuestro líderes

La exigencia da excelencia.

Esa frase de mi tío Carlos se volvió en una especie de mantra familiar cuando se murió y que nos ha marcado profundamente. En mi vida personal la exigencia, la autoexigencia, es un deber para hacer las cosas. Es necesario esforzarse para sacar lo mejor, y por lo general me cuestiono, me critico, y tal vez hasta me autosaboteo cuando encuentro errores en cosas que hago. De mi familia, sobre todo de mi mamá, aprendí que si uno le exige a alguien por lo general se exige el triple a sí mismo.

En ese orden de ideas, podemos cuestionar qué esperamos de las decisiones colectivas que nos afectan a todos, pensando qué estamos dispuestos a justificar y pasar por alto.

Este domingo, después de las elecciones, salí a caminar después de haber terminado mi jornada como jurado de votación y vi un montón de carros pitando, de balcones con la bandera de Colombia colgada, a la gente celebrando con música, con la camiseta de la selección gritando que ganaron, que ganamos… pero ¿Qué ganamos exactamente?    

Toda esa celebración se debía al triunfo de Abelardo De La Espriella, un abogado penalista conocido por su defensa a personajes reconocidos y polémicos, quien hizo una campaña populista apelando a valores familiares, a recortar el Estado, salvar la economía, o a acabar con los grupos criminales como las disidencias de las FARC, el ELN o el Clan del Golfo. El problema no son necesariamente los objetivos, sino la manera como promete alcanzarlos.

Aunque en principio muchas de las banderas con las que el ahora presidente electo se puedan considerar deseables para un gran sector de la población, al analizar sus propuestas y su discurso hay varias dudas y temores que lleguen a ser realizados, como su intención de gobernar por decreto el primer día de su mandato, su manera de referirse a sus contradictores, diciendo que en él encontrarían a un “enemigo acérrimo que iría a destriparlos”, o que nos sacaría de entidades como la ONU, la OEA y la CIDH; esto debido a que muchas de ellas provocarían un desorden gubernamental, que al parecer el pueblo colombiano pretende no ver.

Ese día la gente gritaba, sacudía banderas, celebraban que ese hombre ganara las elecciones porque en su campaña prometió que rompería con el gobierno de Gustavo Petro, un gobierno corrupto, errático e inestable que trajo tanto desprecio que la sola idea de cortar de un tajo todo lo que tenga que ver con este gobierno hace que celebremos como si fuésemos los ganadores del Mundial. Mientras que veía la gente celebrando oí a una señora diciendo que “ganamos, duélale a quien le duela”. A mí me duele, y no porque deseara el triunfo de Iván Cepeda, quien me parece que dentro de su programa de gobierno tampoco había claridad de cómo ejecutar muchas de sus propuestas, sino porque el programa de ADLE, así como su campaña, candidatura y trayectoria profesional me parecen profundamente violentas, indiferentes y desconectadas de los problemas que atraviesa el país. Entonces, que proponga cosas como recortar drásticamente al Estado o sacar al país de organismos multilaterales como la ONU, no puedo celebrarlas como una victoria, porque dejan al país en una incertidumbre extrema que amenaza su ya deteriorada estabilidad.   

Estas elecciones, como tantas otras, terminaron siendo un largo proceso de descarte. Al final no ganó el mejor candidato, sino el último hombre que quedó de pie. Un abogado sin experiencia en la administración pública, acostumbrado a convertir a sus contradictores en enemigos, que promete transformaciones institucionales profundas sin explicar con claridad cómo ejecutarlas. Gran parte del país parece confiar en que será José Manuel Restrepo, su vicepresidente, quien aporte la estabilidad técnica que esas promesas no transmiten. El que no conoce a Dios, a cualquier santo le reza.

Abelardo de la Espriella ganó porque representa algo que una parte importante del país ya deseaba: un liderazgo que promete resolver conflictos mediante la confrontación, la humillación del adversario y la exhibición de fuerza, pero parece que no somos conscientes de lo que como sociedad deseamos. Porque desear y admirar a cualquiera que prometa soluciones simples por lo general trae incertidumbre y caos. No cesó la horrible noche, como muchos aseguraron en Instagram con el triunfo de ADLE, no derraman las auroras de su invencible luz, no por ahora. No queda más que esperar y desear lo mejor, y exigirle a nuestro nuevo líder que haya compromiso con el país que quiso gobernar. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/miguel-echavarria/

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