En memoria de Miguel

Hace nueve meses atentaron contra Miguel Uribe Turbay. Dos meses después murió en la clínica por la gravedad de sus heridas. Miguel era un hombre bueno, un senador riguroso y dedicado, un padre de familia y esposo amoroso, un hijo incondicional, era hermano, primo, amigo. Quienes lo conocimos sabemos de lo maravilloso que fue, de su corazón noble, de su mente brillante y amplia, de su capacidad para trabajar y servir. Su homicidio sembró un aire de desesperanza en Colombia, y destrozó a su familia.

Durante meses lloré por Miguel. Pensé en cómo viviría él un duelo, en qué acciones tomaría para sanarlo y perdonar. Entonces recordé que lo vi crecer sin madre y, aun así, se convirtió en un joven estudioso, disciplinado y alegre. Nunca vi en él un sentimiento de rabia o de odio, nunca le escuché decir una palabra denigrante contra nadie, ni ideas cargadas de resentimiento o de venganza. Miguel creyó en un  mejor país. Sabía que este era un lugar por el que valía la pena trabajar y luchar. 

Dedicó toda su vida a formarse para llegar a escenarios de poder: fue concejal, secretario de gobierno, candidato a la alcaldía de Bogotá, senador de la república y precandidato presidencial. Miguel era un ser humano amado, con una historia de vida dolorosa, pero que vivía con optimismo y decisión. Miguel se metía de lleno en algo y no lo dejaba a medias. Jugaba ajedrez, tocaba piano, hacía deporte, componía canciones, hasta alcanzó a escribir un libro que se publicó meses después de su muerte. Miguel integraba valores y virtudes que lo regían para actuar. No estoy diciendo que sean los únicos aceptados, sino que él siempre fue fiel a sus posturas e ideas y vivió conforme a eso, sin perder su humanismo. Porque ser consecuente y buena persona no siempre es fácil. La coherencia de nada sirve si anula la empatía.  

Era muy buen conversador y tenía mucho sentido del humor. Miguel era mi primo. Lo quise mucho, lo admiré desde niña y lo extraño. 

Hace cuatro años voté por él al senado, aunque en algunas posturas no estuviera de acuerdo; voté por él porque confiaba plenamente en su rectitud y en su ética. Voté por él porque creía en un proyecto de país mucho más grande que en las diferencias de opiniones que teníamos en ciertos temas. Voté por él, aunque el Centro Democrático no es el partido que más me guste. Voté por él con la certeza del trabajo serio que haría en el Congreso. Y no me decepcionó. 

Hoy salgo a votar en su nombre, en su memoria, por el país que él se soñaba. Salgo a votar firme en mis convicciones y creencias, a defender mis principios como lo hacía él, a apoyar a las personas que creo —como creí en él hace cuatro años— que van a representarme. No voy a votar por quienes votaría Miguel. Voy a votar honrando a un hombre que respetaba la individualidad y el pensamiento crítico. Voy a votar con esperanza, sin rabia y sin odio. Voy a votar creyendo que Colombia se merece cosas buenas y en que vale la pena trabajar por ellas. 

Hoy voto con Miguel en mi corazón, con la fuerza de la misma sangre que corría por sus venas. 

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/

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