Llevo años intentando terminar El infinito en un junco. Cada página está llena de historias, fechas, nombres y lugares que quisiera absorber por completo para sentir que, por fin, tengo algo de cultura general decente. Pero diez minutos después ya olvidé quién conquistó qué, quién escribió qué o en qué siglo pasó todo.
En mi intento número doscientos por acabarlo, llegué a un capítulo sobre el origen de la literatura y de la cultura occidental, y volví a pensar algo que siempre me pasa cuando leo historia: la humanidad lleva siglos tropezándose. Cambia de forma, de protagonista y de idioma, pero sigue repitiendo patrones una y otra vez.
Grecia creció gracias al mar, al comercio, a los viajes y al intercambio constante con otras civilizaciones. De Egipto tomó conocimientos matemáticos y arquitectónicos; de Fenicia, el alfabeto; de Oriente, rutas comerciales e ideas que terminarían moldeando el pensamiento occidental. Más adelante, Italia expandiría esa herencia cultural por Europa.
Y no fue un caso aislado. Las grandes explosiones de desarrollo económico e intelectual nacieron de puertos, rutas comerciales y ciudades donde se mezclaban idiomas, religiones y costumbres distintas. Alejandría se convirtió en uno de los grandes centros intelectuales del mundo antiguo precisamente porque reunía culturas diferentes bajo un mismo puerto. Venecia prosperó conectando Oriente y Occidente. Nueva York difícilmente sería la capital financiera, cultural y artística que es hoy sin generaciones enteras de inmigrantes llevando consigo oficios, empresas, comida, música y estilos de vida.
Por eso me impresiona tanto ver cómo buena parte del debate mundial parece obsesionado otra vez con el miedo, el rechazo y la sospecha frente al diferente. Porque la historia también nos ha demostrado que los intentos por imponer una única visión de nación, cultura o identidad rara vez terminan bien. La obsesión por la homogeneidad ha detonado guerras, persecuciones y genocidios, y hoy muchos discursos vuelven a reforzar la idea de que los problemas vienen del extranjero, del migrante, del que habla distinto o simplemente del que no encaja.
Y se siente hoy. En la forma en que muchas personas terminan sintiendo que deben esconder partes de sí mismas para ser aceptadas.
En 2003 estudié un semestre en Estados Unidos e hice tercero de primaria allá. Recuerdo a Dylan, un niño de papás cubanos que se rehusaba a hablar español en el colegio. En ese momento yo no entendía por qué. Hoy creo que probablemente sentía vergüenza de su origen latino o miedo de ser visto como diferente. Y hace apenas unos días, una amiga que vive en Nueva York me contó algo parecido: Rosita, empleada de un restaurante, se incomoda cuando le hablan en español y responde únicamente en inglés, incluso entendiendo perfectamente lo que le dicen. Detrás de esos gestos pequeños pareciera esconderse la misma idea silenciosa: que para pertenecer hay que camuflarse.
Y ahí aparece la contradicción. Amamos viajar a ciudades como Nueva York precisamente por su diversidad. Queremos probar comida india, pedir un halal en la calle, hacer fila por un taco mexicano, entrar a un supermercado en Chinatown o hacer una pausa para comer un cannoli en el barrio italiano. Nos encanta vivir esa mezcla de culturas, sabores, idiomas y formas de vida, muchas veces olvidando que fueron justamente los inmigrantes y sus hijos quienes construyeron gran parte de esas ciudades, hoy sostienen sectores enteros de la economía y las enriquecen culturalmente todos los días.
Claro que un país tiene derecho a proteger sus fronteras, exigir legalidad y mantener orden institucional. Pero una cosa es regular la migración y otra muy distinta convertir la diversidad en amenaza. Las sociedades más creativas, innovadoras y prósperas de la historia no fueron las más cerradas, sino las más conectadas.
Quizás ahí está una de las grandes ironías humanas: admiramos la diversidad como experiencia, pero rechazamos a las personas que la producen.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/