El teflón del poder y la trampa de la representación.

Hay algo que debería escandalizarnos más de lo que lo está haciendo: la capacidad casi intacta del gobierno de Gustavo Petro para sobrevivir políticamente a todo.

Pero a todo es a todo.

Escándalos de corrupción que, en cualquier otro gobierno, habrían significado crisis sostenidas. Improvisación en la toma de decisiones. Reformas mal estructuradas. Una relación errática con el sector productivo. Y, aun así, el desgaste no es proporcional al daño.

Ese es el verdadero fenómeno político de este momento: el teflón.

Porque los datos no son opinables. Colombia cerró 2025 con una deuda pública de $1.050 billones de pesos, de los cuales $400 billones corresponden a deuda externa cuando hace apenas una década, era de casi $150 billones. El déficit fiscal bordea el 5% del PIB, en un contexto donde el margen de maniobra es cada vez más estrecho. Las tasas de interés del Banco de la República llegaron a estar en 13,25%, uno de los niveles más altos en décadas, precisamente para contener una inflación que superó el 13% en 2023.

Eso no es ideología. Eso es macroeconomía básica.

Y, sin embargo, el presidente decide salir a deslegitimar al Banco como si el control de la inflación fuera un capricho tecnocrático contra el “pueblo”. Reduce un problema estructural a una narrativa de opresión. Y lo más grave: le funciona.

Porque ya los resultados, las cifras y la técnica no importan. Aquí lo que funciona son las emociones y la política no es una batalla en la que el mejor discurso gana, lo que funciona ahora es lo que más emociones genera.

El petrismo entendió algo que otros sectores siguen sin procesar: que la política hoy no se gana con indicadores, sino con relatos. Y el relato que construyeron —el del pueblo históricamente excluido que por fin llega al poder— tiene una potencia que absorbe casi cualquier error.

Por eso no pasa nada.

Porque para una parte importante del país, esto no es un gobierno: es una reivindicación. Y cuando lo que está en juego es simbólico, el estándar de exigencia se desploma.

Ahí es donde figuras como Iván Cepeda empiezan a tomar forma como continuidad. No por un proyecto claro de país, sino por lo que representan. Por su historia, por su apellido, por la carga emocional que conecta con esa misma narrativa de lucha. Lo mismo ocurre con liderazgos como el de Aida Quilcué, cuya trayectoria es incuestionable en términos de resistencia, pero que termina siendo utilizada —o asumida— como validación política automática, sin que medie una discusión seria sobre capacidades de gobierno.

Y ahí está la trampa.

Cuando la representación sustituye a la gestión, el país entra en una lógica peligrosísima: ya no importa si gobiernan bien o mal, importa quién está gobernando. Importa sentirse identificado, aunque los resultados sean mediocres o abiertamente negativos.

Es la política del “sí, pero…”.

Sí, hay escándalos, pero antes también los había.
Sí, hay improvisación, pero al menos no son los mismos.
Sí, hay errores, pero esto es por el cambio.

Ese “pero” es el nuevo blindaje del poder.

Un blindaje que permite que un gobierno cuestione instituciones técnicas, que acumule tensiones fiscales, que envíe señales de incertidumbre económica… sin pagar el costo político real de esas decisiones.

Y eso tiene consecuencias. Porque un país no se gobierna con símbolos. No se estabiliza con relatos. No se sostiene con deudas históricas convertidas en capital político.

Se gobierna con técnica, con responsabilidad y con límites.

Lo verdaderamente preocupante no es solo este gobierno. Es la vara con la que lo estamos midiendo. Es la normalización de que la emoción pese más que la evidencia. Es la idea de que la representación puede reemplazar la capacidad.

Porque si ese es el criterio que se impone, Colombia no está eligiendo mal una vez. Está aprendiendo a elegir mal de manera estructural.

Y de eso, a diferencia del discurso, sí que no hay teflón que nos salve.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/ximena-echavarria/

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