La palabra talibán no solo designa a un miembro de un grupo extremista islámico. La Real Academia también la define como alguien fanático e intransigente. Esa es la definición que mejor describe a un personaje que, durante décadas, ha frenado los intentos de construir un centro político serio en Colombia: Jorge Enrique Robledo.
Robledo ha hecho carrera como custodio del dogma. Desde su militancia en el MOIR —una organización maoísta que nunca logró modernizarse—, hasta su paso por el Polo Democrático, Dignidad y ahora Dignidad & Compromiso, su papel ha sido el mismo: decir no. No a la apertura económica, no a los TLC, no a la minería responsable, no a las reformas en salud, no a cualquier modernización que contradiga su catecismo setentero.
Su problema no es la crítica —indispensable en democracia— sino el dogmatismo paralizante. Robledo no debate: sentencia. No contrasta ideas: descalifica. Construyó su reputación a punta de linchamientos discursivos, no de soluciones viables. Y en esa lógica, el país siempre es rehén de una batalla que solo existe en su cabeza: la del “pueblo” contra los “neoliberales” imaginarios.
Su llegada al “centro” fue, desde el inicio, un caballo de Troya. En la Coalición Centro Esperanza, Robledo no actuó como constructor sino como comisario ideológico. Los vetos, las desconfianzas y los señalamientos personales empezaron antes incluso de consolidarse la alianza. Uno de sus blancos preferidos fue Alejandro Gaviria. La disputa no fue programática: fue visceral. Cuando Gaviria concedió una entrevista al Financial Times en 2022, Robledo saltó a calificarlo públicamente de “mala persona”. No cuestionó ideas: atacó el carácter.
Ese estilo —una mezcla de purismo doctrinario con descalificación moral— fue uno de los dinamiteros internos de la coalición. Mientras el país pedía acuerdos y grandeza, el “talibán del MOIR” convertía cada diferencia en una traición.
El resultado es conocido: el centro implosionó. Y Robledo salió indemne, como suele ocurrir con quienes viven del caos que producen.
Su relación con Sergio Fajardo también es reveladora. Aunque en ocasiones dijo respaldarlo, su historial muestra otra cosa: tensiones, vetos soterrados e imposibilidad de trabajar en equipo. Pero lo más evidente es que Robledo se proclama defensor de Fajardo solo cuando le conviene; cuando no, simplemente bloquea. El cálculo personal ha primado siempre sobre la construcción colectiva.
La historia se repite hoy en ¡Ahora Colombia!, la nueva coalición de centro. Lo que pudo ser un relanzamiento serio terminó saboteado por un nuevo veto: el de Alejandro Gaviria para encabezar la lista al Senado. Mientras sectores del centro impulsaban su nombre, desde el entorno de Robledo se impuso la candidatura de Jennifer Pedraza como cabeza de lista, en lo que fue leído ampliamente como una maniobra para impedir el regreso de Gaviria. Otro portazo. Otra purga ideológica. Otro capítulo del mismo libreto.
Lo más irónico es que, mientras su influencia electoral se reduce, su capacidad de destruir permanece intacta. Robledo, otrora uno de los senadores más votados, hoy ocupa un lugar marginal en la conversación pública. Pero su fanatismo sigue pesando lo suficiente para asfixiar cualquier intento de construir un centro amplio, moderno y competitivo.
Por eso, Robledo no es solo una figura política de izquierda tradicional. Se ha convertido en algo más corrosivo: el enemigo interno del centro. No porque discrepe, sino porque su lógica impide que ese centro exista. Su política no suma: excluye. No dialoga: sentencia. No construye: dinamita.
Mientras esa visión talibanesca siga marcando la pauta, el centro político en Colombia seguirá condenado a fracasar. Y con él, las posibilidades de un país que merecería, al menos, una oportunidad de escapar del fanatismo y la polarización.
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