¿Cuál ha sido el mayor beneficio que el feminismo les ha dado a los hombres? La mayoría respondería que ninguno. Algunos incluso dirían que les quitó privilegios. Pero hay una paradoja de la que se habla muy poco: muchas de las libertades que hoy disfrutan los hombres nacieron de luchas que nunca estuvieron pensadas para beneficiarlos a ellos. Hay hombres que pasan la vida criticando al feminismo sin darse cuenta de que algunos de los mayores privilegios que disfrutan hoy existen gracias a las mujeres.
Quizá el ejemplo más evidente sea la planificación familiar. Con la llegada de la píldora anticonceptiva en 1960 y la fundación de Profamilia en 1965 por el doctor Fernando Tamayo, la maternidad dejó de ser un destino inevitable para millones de mujeres. Esa transformación fue una conquista femenina, pero también cambió profundamente la vida de los hombres. La paternidad dejó de ser, en muchos casos, el resultado inevitable de un embarazo no planeado y el matrimonio dejó de verse como la única respuesta socialmente aceptada frente a ese embarazo.
Es suficiente mirar hacia atrás para recordar cómo comenzaron muchas de nuestras propias familias. Un embarazo significaba matrimonio. No necesariamente por amor, sino porque así lo imponía la costumbre. La planificación permitió que las parejas decidieran cuándo tener hijos y cuántos querían tener. Liberó a las mujeres de una maternidad obligatoria, pero también alivió a muchos hombres de una paternidad impuesta por las circunstancias.
Paradójicamente, hoy la mayor carga de la planificación sigue recayendo sobre ellas. Según datos de Profamilia, cerca del 79 % de quienes utilizan métodos anticonceptivos son mujeres, mientras que la participación masculina sigue concentrándose principalmente en el preservativo y la vasectomía. Aun así, los hombres también disfrutan de esa conquista. Pueden estudiar, trabajar, construir un proyecto de vida y decidir, en muchos casos, cuándo asumir la paternidad.
La transformación no terminó ahí. La incorporación masiva de las mujeres al trabajo remunerado durante el siglo XX cambió para siempre la organización de las familias. Durante generaciones, a los hombres se les enseñó que su valor dependía exclusivamente de ser proveedores. Si perdían el empleo, sentían que habían fracasado como esposos y como padres. Cuando las mujeres comenzaron a participar de manera masiva en el mercado laboral, los hogares dejaron de depender exclusivamente de un salario masculino. Compartir las responsabilidades económicas también alivió una presión histórica que parecía natural.
Algo similar ocurrió con las licencias de paternidad. Aunque surgieron dentro de las reivindicaciones por la igualdad y la corresponsabilidad en el cuidado, hoy permiten que miles de hombres participen desde el nacimiento de sus hijos, construyan vínculos más fuertes con ellos y dejen de ser vistos únicamente como quienes llevan el sustento económico al hogar.
Las luchas feministas también cuestionaron los estereotipos de género. Durante siglos se les dijo a los hombres que debían ser fuertes, proveedores, racionales y poco emocionales. Al desmontar esos roles para liberar a las mujeres, también se abrió la puerta para que muchos hombres pudieran vivir de otra manera: expresar sus emociones sin vergüenza, escoger profesiones relacionadas con el cuidado, involucrarse en la crianza o construir una masculinidad menos rígida.
Incluso el divorcio y la autonomía económica femenina modificaron la libertad masculina. Cuando las mujeres dejaron de depender jurídicamente y económicamente del matrimonio, las relaciones empezaron a sostenerse más por la voluntad que por la necesidad. Eso también permitió que muchos hombres pudieran salir de relaciones infelices sin cargar con la idea de que el matrimonio debía mantenerse a cualquier costo.
Hasta el voto femenino en Colombia deja una lección interesante. El reconocimiento del sufragio mediante el Acto Legislativo 3 de 1954 fue una conquista impulsada durante décadas por las sufragistas colombianas, pero también una decisión políticamente útil para el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, que encontró en las mujeres una nueva base de legitimidad. La historia demuestra que los derechos rara vez nacen únicamente del altruismo; casi siempre aparecen cuando las luchas sociales se cruzan con intereses políticos
Por eso vale la pena dejar de pensar los derechos como una competencia entre hombres y mujeres. La historia demuestra que ampliar la libertad de un grupo suele terminar ampliando la libertad de todos
Quizás la revolución más silenciosa del feminismo no fue la libertad de las mujeres. Fue la libertad de los hombres para dejar de vivir bajo obligaciones que durante siglos confundieron con privilegios.
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