Durmiendo con el enemigo

«Sabía que había hombres que gritaban, que controlaban y que humillaban, pero no sabía que era posible enamorarse de ellos.» —Lucía Solla Sobral, Comerás flores

El enemigo nunca se presenta como enemigo. Llega como un hombre atento, detallista, protector. Uno que quiere pasar todo el tiempo con ella porque la extraña. Que necesita saber dónde está porque se preocupa. Que se pone celoso porque la ama demasiado.

Nadie imagina que una relación violenta pueda parecerse tanto al amor. El control se disfraza de cuidado. Los celos, de amor. La dependencia, de compromiso.

Las líneas no se cruzan de un día para otro. Se mueven despacio. Un día ella deja de salir con sus amigas porque a él le incomoda. Otro, pide permiso para algo que antes hacía sin pensarlo. Cuando se da cuenta, ya ha cedido pequeños espacios de su libertad y aquello que antes parecía impensable se ha convertido en rutina.

Por eso resulta tan difícil oír, después de cada feminicidio, la misma pregunta: ¿Por qué no se fue?

Porque nadie entra voluntariamente a una relación violenta. Y salir de ella exige mucho más que la decisión de irse.

Esta semana Colombia volvió a despertar con varios casos de feminicidio. Cambian los nombres, pero la historia es la misma: mujeres asesinadas por quienes decían amarlas. El país se indigna unos días y después continúa, como si esperara el siguiente titular.

Pero los feminicidios no empiezan con un asesinato.

En Colombia se registraron 138.805 denuncias de violencia intrafamiliar en 2025, la cifra más alta de la última década. Y tres de cada cuatro víctimas son mujeres.

La respuesta institucional no tranquiliza. Las investigaciones permanecen durante años en etapa de investigación, y se estima que, alrededor del 86 % de las denuncias por violencia intrafamiliar e intento de feminicidio, terminan sin respuesta.

Denunciar es mucho más complejo que hacer una llamada o presentarse en la fiscalía. El agresor casi siempre es el novio, el esposo, el compañero o el padre de los hijos. Significa enfrentarse a la persona con la que comparte la cama, la casa, las rutinas y la crianza. A quien conoce sus miedos, sus horarios y los lugares que frecuenta. A quien, durante meses o años, fue construyendo una dependencia emocional que termina haciéndole creer que quizá exagera, que esta vez sí va a cambiar o que, en el fondo, también fue culpa suya.

Por eso tantas mujeres abandonan el proceso. No porque la violencia desaparezca, sino porque salir implica desmontar una vida entera: buscar dónde vivir, cómo sostenerse económicamente, cómo proteger a los hijos, cómo enfrentar las amenazas y, sobre todo, cómo romper un vínculo que durante mucho tiempo confundieron con amor.

Sería injusto terminar esta columna culpando únicamente al Estado.

Cada feminicidio también representa un fracaso social.

Porque cuando un feminicidio ocupa la primera página de los periódicos, la violencia no empezó ese día.

Empezó mucho antes.

Y cuando por fin entendimos que aquello no era amor, ya era demasiado tarde.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/

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