El país del mal ejemplo

Los seres humanos aprendemos por observación.

No por lo que nos dicen, sino por lo que vemos. Aprendemos del ejemplo, de la experiencia, de lo que la vida premia o castiga. Así entendemos qué es tener éxito, respeto o poder. Y cuando uno mira alrededor, es difícil no preocuparse.

¿Qué ejemplo reciben los niños y jóvenes en Colombia?

Supongamos que Mateo es un niño de 14 años que vive en la comuna 8 de Medellín. En su barrio, el poder no lo tienen quienes madrugan a trabajar, sino quienes controlan las esquinas, cobran “vacunas” y siembran miedo. Se impone la fuerza sobre la razón, el miedo sobre el respeto. Y en ese entorno, Mateo aprende rápido que aquí vale más el que intimida que el que se esfuerza; más el que impone que el que construye.

En la televisión, Mateo está viendo la novela El patrón del mal. Lo atrapa la historia de un hombre que empezó desde abajo, se hizo poderoso y terminó rodeado de lujos, carros y mujeres. En esa pantalla, el crimen se disfraza de éxito y el dinero limpia cualquier culpa. Entre fiestas, armas y relaciones amorosas sostenidas en el físico, el dinero y las cirugías, la historia termina moldeando sus referentes de triunfo, belleza y poder.

Cuando entra a sus redes sociales, el mensaje no cambia. Allí, el contenido más popular viene de influenciadores como Westcol y muchos otros que hacen apología al dinero fácil, al exceso, a la vulgaridad y a la vida sin límites. Se premia lo superficial, lo ruidoso y lo vacío. Se aplaude lo frívolo y se castiga lo profundo. Hoy, el reconocimiento no tiene que ver con mérito, sino con visibilidad: quien más muestra, más vale.

Si levantamos la mirada hacia arriba, el panorama no mejora. Políticos que llegan al poder con dinero del narcotráfico, pagando favores con corrupción y clientelismo. Cargos entregados como pago de deudas políticas, contratos que benefician a los mismos de siempre, nombramientos hechos por lealtad y no por mérito. Promesas que se esfuman apenas termina la campaña, escándalos que estallan cada semana y una impunidad que ya se volvió costumbre.

Y mientras tanto, quienes se esfuerzan luchan por sobrevivir en un sistema que no los respalda. Profesores que enseñan con contratos inestables. Universidades públicas que agonizan por falta de recursos. Estudiantes que estudian y trabajan con grandes sacrificios, compiten por cupos escasos, cargan con deudas que se multiplican, ven desaparecer las becas y pierden oportunidades que se quedan en papel.

Todo eso enseña lo mismo: en este país, los atajos pagan mejor que el esfuerzo.

Y entre todo esto, nadie parece preguntarse qué enseñamos a las futuras generaciones. ¿Cómo esperamos ética, empatía o justicia si mostramos que el éxito se compra, que la trampa funciona y que la decencia no vale? ¿Cómo evitaremos que la historia se repita enseñando la misma lección?

El problema no está solo en la corrupción ni en la violencia, sino en lo que validamos como sociedad: en los aplausos equivocados, en lo que realmente valoramos, en la indiferencia, en lo que dejamos pasar y en la gente que admiramos. Tal vez el país no esté roto solo por la política, sino por lo que hemos aprendido a normalizar, o peor aún, por lo que nosotros mismos replicamos. Si queremos un cambio real, no basta con exigirlo desde arriba: hay que cuestionar qué estamos validando desde abajo, desde lo cotidiano.

Porque un país no cambia con discursos, cambia con ejemplos.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/

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