El país completo, no solo una causa

En un país como Colombia, donde la política muchas veces se mueve entre la improvisación y el ruido, reconocer una trayectoria consistente no es poca cosa. Iván Cepeda Castro no es un improvisado. Lleva años participando en debates clave: derechos humanos, víctimas y procesos de paz.

Pero gobernar no es solo participar en debates. Es saber qué hacer cuando la realidad pone a prueba las ideas.

Y ahí es donde empiezan las dudas.

Hoy Colombia vive un momento complejo: más presencia de grupos armados, incertidumbre en el sistema de salud, presiones fiscales, cuestionamientos al manejo del gobierno y, además, la idea de cambiar las reglas del juego con una posible constituyente. No es un momento para discursos generales. Es un momento para definiciones claras.

Empecemos por la seguridad. Los grupos armados ilegales no han desaparecido. Por el contrario, han crecido, se han reorganizado y han ganado control en varias regiones. La “paz total” no ha logrado frenar esa tendencia. Y aquí hay una pregunta incómoda pero necesaria: ¿dónde está la línea?

Porque una cosa es promover el diálogo, y otra muy distinta es no marcar con suficiente claridad los límites frente a quienes siguen ejerciendo violencia. Y en ese punto, la postura de Cepeda muchas veces se siente ambigua. No necesariamente por lo que dice, sino por lo que evita decir.

Esa cercanía discursiva con procesos de diálogo —incluso frente a disidencias de las FARC— ha dejado una sensación difícil de ignorar: ¿hay suficiente distancia crítica frente a estos actores? ¿Se les exige con la misma contundencia con la que se exige al Estado?

Y aquí vale la pena hacer una pregunta directa, incluso para quienes lo defienden:

¿tampoco ven responsabilidad en esos grupos por la violencia que sigue afectando al país?

No se trata de negar la necesidad de negociar. Colombia lo ha hecho antes. Pero negociar no puede significar relativizar. Y hoy esa diferencia no siempre es clara.

El mismo patrón aparece en el sistema de salud. Más allá de posiciones políticas, lo cierto es que el país atraviesa una incertidumbre grande: cambios estructurales en discusión, tensiones entre actores y señales de deterioro en el servicio. Y frente a eso, más que respaldo ideológico, lo que se necesita es claridad técnica. ¿Cuál es exactamente la propuesta de Cepeda? ¿Cómo se garantiza que el sistema funcione mejor y no peor?

A esto se suma otro tema de fondo: la constituyente. No es un debate menor. Cambiar la Constitución en medio de un país polarizado, con instituciones tensionadas y con presencia activa de grupos armados, no es cualquier decisión. Es abrir la puerta a redefinir el equilibrio de poder en el momento más frágil.

La pregunta no es si Colombia necesita cambios. La pregunta es si este es el momento y si están dadas las condiciones para hacerlo sin poner en riesgo lo más básico: la estabilidad democrática.

Hay además un frente que no se puede ignorar: el manejo del Estado.

Colombia enfrenta hoy presiones fiscales importantes, dudas sobre la sostenibilidad del gasto y una creciente preocupación por la eficiencia en el uso de los recursos públicos. A esto se suman escándalos de corrupción y cuestionamientos sobre improvisación en varias decisiones del gobierno de Gustavo Petro.

En este contexto, el país necesita voces que no solo respalden, sino que también cuestionen, corrijan y pongan límites.

Y aquí aparece otra ausencia difícil de ignorar: la de Iván Cepeda como figura de control político frente a estos temas. Más allá de su cercanía con el proyecto de gobierno, su voz no ha sido particularmente visible ni exigente cuando se trata de pedir cuentas, señalar errores o marcar distancia.

Porque gobernar también es saber decir “no”, incluso a los propios.

Finalmente, está el tema que, para muchos ciudadanos es el más urgente: la economía.

Crecimiento, empleo, inversión, competitividad. No son conceptos abstractos, son lo que define las oportunidades reales de las personas.

Y en este terreno, la pregunta es inevitable: ¿cuál es la propuesta concreta de Iván Cepeda?

Más allá de un enfoque en equidad y justicia social, su discurso no ha desarrollado con suficiente claridad cómo se va a crecer, cómo se va a atraer inversión o cómo se va a fortalecer la productividad del país.

Un país no se gobierna solo con posturas ni con discursos. Se gobierna con decisiones, con criterio y con la capacidad de entender la complejidad de cada problema.

Colombia necesita rigor técnico, experiencia en ejecución, claridad económica y, sobre todo, estabilidad.

Y la pregunta, entonces, es inevitable: ¿tiene Iván Cepeda Castro ese nivel de preparación, ese conocimiento y ese interés real por todos estos frentes?

Porque gobernar no es representar una causa. Es hacerse cargo de un país entero.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/

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