Niños mutilados en guerras justificadas por políticos; fuerzas estadounidenses asesinando y hostigando civiles en la calle; dictadores latinoamericanos provocando migraciones masivas, separando familias y obligándolas a perder la dignidad como migrantes rechazados en los lugares a los que huyen.
El mundo que nos tocó es horroroso. Y aunque la idea de que “los buenos somos más” nos permite respirar un poco, la verdad es otra: frente al poder y las armas no cuentan las mayorías, cuenta la fuerza. Y cuando esa fuerza bruta e injusta es legitimada democráticamente, la esperanza de ser muchos no nos pone a salvo: nos deja en desventaja.
Le tenemos miedo a la fuerza pública. No les creemos a los políticos. Apenas nos queda algo de fe en los jueces y en el Congreso. Y a los líderes que prometían salvación con discursos valientes, los vemos después arrodillados ante el imperio, como ha ocurrido con María Corina Machado.
El mundo que nos tocó es difícil de explicarle a alguien que recién aterriza en él.
¿Cómo explicar este bucle de crueldad y despotismo? ¿Cómo decir que avanzamos si las noticias están llenas de retrocesos? ¿A quién creemos engañar cuando defendemos, con cifras y gráficas económicas, a gobernantes autoritarios, asesinos, guerrilleros, narcisos y abusadores?
Me avergüenza el planeta en el que vivimos.
Me duele decir que habitamos un mundo donde salir a la calle es un riesgo y donde, por ser negro, homosexual, latino o mujer, se puede perder la vida en cualquier momento.
No es una exageración. Ninguna de las personas que murió bajo el arma de una “fuerza legítima” creyó que eso le pasaría. Hoy ya no pueden contar su historia.
Para seguir viviendo, muchos hacemos como ese padre de La vida es bella: inventamos un relato, contamos un cuento infantil que nos permita ponernos lentes de fantasía. Pero la vida no es solo como nos la contamos: también es lo que es. Y por más ficciones que construyamos, es imposible acallar el ruido de las armas que no dejan de disparar contra inocentes.
Se nos están agotando los relatos y las narrativas positivas. Parecemos dementes haciendo como si nada pasara: riéndonos segundos después de ver videos de violaciones, asesinatos y bombas, como si fueran escenas de una película.
Me preocupa tanto la violencia abierta —exhibida y viralizada ante nuestros ojos— como la indiferencia y el silencio de esa mayoría. Tal vez sea un mecanismo de defensa frente a este mundo que nos tocó, pero ya se parece más a una enfermedad: una demencia colectiva que termina siendo permisiva y cómplice. Una sociedad que no quiere sentir tristeza, frustración ni indignación; que huye de las emociones “de baja vibración” y compra una falsa paz retirándose de la realidad.
No sé exactamente qué deberíamos hacer. Pero, al menos, antes de un evento público, una reunión o un encuentro laboral, deberíamos lamentar lo ocurrido la noche anterior, la semana pasada, el mes pasado. Hacer como si nada estuviera pasando nos está convirtiendo en negacionistas patológicos: personas que acomodan la realidad a su antojo, que niegan la evidencia, que reescriben los hechos para sentirse cómodas.
La gente es inmadura y, como los niños, prefiere no ver. Porque ver implica hacerse cargo. Y hacerse cargo implica cambiar. Eso es cosa de adultos conscientes. Pero en este mundo que nos tocó —obsesionado con la eterna juventud— cada vez hay menos adultos.
El mundo que nos tocó está patas arriba. Se cayeron las ficciones que sostenían una tensa calma y ahora cualquiera puede ver, en tiempo real, lo que ocurre en cualquier esquina del planeta.
No sé cómo vamos a recuperarnos de los traumas constantes a los que estas generaciones han sido sometidas: del miedo a una tercera guerra mundial, del pánico que sentimos al pasar por un aeropuerto, de las imágenes de niños en Gaza asesinados brutalmente.
¿Cómo se recupera la humanidad del terror del que está siendo testigo?
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