El Mundial de sueños luminosos

Hace poco oí hablar de “pepinillos búlgaros” y recordé el viaje por carretera entre Sofía y Melnik en el que aprendí sobre la tradición de las conservas en Bulgaria. Íbamos hacia la ciudad más pequeña de ese país, en el rincón suroccidental fronterizo con Grecia, un sitio en el que cambian radicalmente el clima, la vegetación y los animales, y en donde las terrazas tienen techos de uvas y reina el vino local. En el camino, un guía jovencísimo para saber tanto de su historia nos contó al detalle cómo sus bisabuelas, abuelas y su madre preparaban una exageración de vegetales con vinagre, mermeladas y otros manjares durante el verano, los guardaban en los sótanos para asegurar abundancia en los inviernos y después sobraba tanto que se regalaba a los demás. Pensé en que si no hubiera viajado por esa carretera oyendo todo eso y no hubiera visto y olido y saboreado platos así durante días y días, el oír “pepinillos búlgaros” o leer sobre la lyutenitsa (una especie de dip a base de pimientos rojos asados, tomates y berenjenas) en los libros de Gueorgui Gospodínov no me diría nada.

Viendo a los bosnios celebrar sus triunfos en el Mundial de Fútbol, a sus hinchas eufóricos y el video de la canción oficial del equipo, I Am from Bosnia, Take Me to America, recordé los sonidos de su música, las fachadas llenas de metralla, las Rosas de Sarajevo y a la mujer joven de alma vieja que, con la mirada azul y perdida, me dijo en una tienda de una callecita de Mostar que había salido adelante, pero que jamás sería feliz. Pensé en esos chicos pateando el balón y celebrando pequeños triunfos enormes, hijos de familias rotas por la guerra para quienes Bosnia ha sido una gran herida. Vi celebrar a Marruecos y a Egipto, y a los gazatíes sonreír y aplaudir sobre ruinas por triunfos ajenos que no eran más que una idea remota sobre la posibilidad de la alegría en personas que se les parecían. Pensé en cómo Cabo Verde se iluminó de repente en el mapa.

Este Mundial me ha recordado que estamos acostumbrados a que ganen siempre los mismos y que son muchos los adictos precisamente a eso: a los triunfos repetidos y predecibles, y a la soberbia de quien se siente merecedor indiscutible de adoración y oro eterno. Dioses. A los seres humanos nos fascinan los dioses y lo demostramos sobradamente en política, deporte y religión. A diferencia de quienes han criticado la participación de más equipos, yo fui feliz viendo otras formas de jugar y celebrar, nuevas alegrías y posibilidades, gente remando en estadios. Que realmente sea mundial. Y en el Mundial, claramente, no veo solo fútbol: veo otra forma de relación entre naciones, veo sueños y humanidad, aunque también corrupción, injusticia y sobradez. Pero veo, a veces, sorpresa y compasión y manos extendidas y celebraciones sobre ruinas. Veo jugadores sobre la cancha y tras ellos se dibujan caminos recorridos a pie por migrantes, idiomas aprendidos, vidas reconstruidas, niños soñando sueños luminosos.

Una mirada algo inocente, algo ilusa, algo soñadora, dirán. Pues sí. Me rehúso a que crecer sea despojarme de eso que por dentro me muestra otros mundos posibles. Seguiré recorriendo paisajes insospechados buscándolos. Como dijo Martín Caparrós, escribiendo sobre los hombres que, cuando él era joven, se dejaban crecer el pelo como resistencia: “…podían decir no necesito ninguna bendición para coger, no pienso ser empleado de oficina, no quiero ir a la guerra, la plata me importa tres carajos, si ser adulto es ser ustedes no voy a crecer nunca”.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/

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