Escribir es un ejercicio que no se vuelve más fácil. Llevo años dedicada a esto y también a la lectura como actividad fusionada y, si en algo coinciden los escritores a los que admiro y los columnistas a los que leo con frecuencia es en que escribir es una actividad siempre requiere esfuerzo. Nunca se vuelve mecánica. Uno empieza a formar su estilo, a creer en la fuerza de su propia voz y a cómo esa voz les da forma a las ideas; sin embargo, uno todo el tiempo se confronta: con sus versiones pasadas, con lo que escribió hace tres años, con esa opinión que ya cambió, con la vida misma que es un movimiento constante. En fin, reflexiones que llegan antes de lo que quiero escribir hoy.
Hace unas semanas publiqué una columna explicando por qué iba a votar por Abelardo de la Espriella en la segunda vuelta presidencial y, también, meses antes, escribí otra donde decía que sería una de sus principales opositoras en caso de que llegara a la presidencia. No por rebeldía superficial. Sino porque considero que votar por él no fue sólo un asunto de ciertas convicciones, sino también una responsabilidad que asumí sabiendo todo lo que no me gustaba de él.
Me parece que el presidente electo comete un error desastroso al nombrar a Viviane Morales como ministra de educación. La exfiscal es cristiana, y no tengo nada contra ese grupo religioso. Todo lo contrario: la libertad de culto es uno de los pilares de cualquier democracia liberal. Pero Colombia es un Estado laico. Y esta señora se ha empeñado en muchas ocasiones, desde su función pública, en imponer su visión y sus valores cristianos como imperativos morales para hacerpedagogía con ellos. Las creencias religiosas no deberían influir en la creación de políticas públicas.
Y eso ha sido, precisamente, algo que ha caracterizado la trayectoria de Viviane Morales. No sólo defiende una visión cristiana de la familia y de la sociedad, sino que ha intentado traducir esa visión en normas para los colombianos. En el 2016, promovió un referendo para prohibir que parejas del mismo sexo pudieran adoptar. Morales defendió esa propuesta apelando expresamente a sus convicciones cristianas y convirtió un debate sobre derechos fundamentales en una cruzada moral. “Firme por papá y mamá” fue el nombre de la iniciativa que recogió unas dos millones de firmas, que afortunadamente no sobrevivió.
La llegada de Morales a una cartera que se encarga de diseñar las políticas educativas de un país me preocupa por su manera de entender el propio Estado. Un ministro de Educación no está llamado a formar ciudadanos conforme a una doctrina religiosa, sino a garantizar una educación plural, crítica y respetuosa de la diversidad que protege la Constitución. Y esto va en contravía de lo que una mujer como Viviane Morales ha demostrado hacer con sus mensajes y propuestas.
La cartera de Educación exige una defensa inequívoca del carácter laico del Estado y de una educación pública que pertenezca por igual a quienes creen, a quienes creen distinto y a quienes no profesan ninguna religión. Y sobre todo, debe ser un lugar que promueva los colegios —públicos y privados— como entornos seguros donde los niños y niñas que provienen de familias homoparentales puedan desarrollarse libremente sin el temor de ser discriminados o educados bajo el manto de la “familia tradicional”, una que por cierto, es una ilusión, porque si de algo sabe Colombia es de familias rotas, con padres ausentes y madres que sacan adelante solas a sus hijos.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/