Dicen que el tiempo lo cura todo. Pero creo que el tiempo, lo que hace, es que nos invita a vivir a pesar de lo que ocurra. Curarse no siempre es posible. Es, además, una carrera agotadora, difícil de ganar. Ahora es tendencia otra frase, más peligrosa: que el dolor llega para enseñarnos y hacernos evolucionar. Y en algunos casos sí hay aprendizajes en una ruina, en despedidas, en pérdidas. Pero cuando esto se convierte en un mercado del sufrimiento, la cosa cambia. Porque en ese dolor —sin importar cuánto aprendas— o cuánto saques de él, siempre hay alguien detras que sufrió mas. Que perdió mas. Alguien para quien ese dolor no significó más que eso. Sin pedagogía, sin moralejas.
Lo veo en redes sociales y lo escucho con frecuencia en pódcasts. Se habla de las enfermedades y de las tragedias con mucha ligereza. Algunos lo llaman un regalo, otros lo consideran una batalla a la que se enfrentan, y otros, un karma o un castigo. Cada persona puede darle el sentido que quiera a lo que le ocurre, y tiene toda la libertad de elegir las herramientas que le sean útiles para transitar un duelo o una situación difícil. Pero hay varias cosas peligrosas y problemáticas en esos mensajes que vemos constantemente sobre el sufrimiento:
Le resta responsabilidad a los factores externos, invalida el dolor ajeno o lo cuestiona: tal vez no hiciste suficiente para evitar la enfermedad, no has pagado suficiente karma bueno para aliviarte. Promueve esa idea del privilegio selectivo: si yo me alivié, me lo merecía; pero quien sigue enfermo, también lo merece. Se instrumentaliza el dolor de los otros, al creer que un familiar tiene la función de enfermarse para que tú seas más feliz y te quejes menos. Y por último, la idea de que a todo lo bueno se le tiene que sacar provecho como sea. La trampa del utilitarismo.
Quien sufre menos es porque ha hecho más cosas, o viceversa. Esa idea cala y entonces, además de atravesar un momento doloroso, te sientes culpable porque algo te faltó para no merecerte eso, como si la vida fuera una carrera de obstáculos. Y si lo es ¿cuál es el premio que recibiremos todos? Un final. Lo mismo. El dolor no es un mercado y en eso lo convertimos: en una plaza donde se analiza constantemente quién está peor, quien lo merece, quien no; y en el fondo, esa idea perversa de que para justificar nuestra existencia hay que sufrir y a mayor sufrimiento, mayor la recompensa.
Escribo sobre esto porque pienso que el peso del dolor y la avalancha de emociones que trae es suficiente, como para agregarle, además, las “tareas” que socialmente se le exigen a quien llora o sufre. En mi caso, si algo ha hecho el dolor en mi vida ha sido obligarme a mirarlo de frente y a hacerme cargo.
El dolor no es tan simple. Viene acompañado de culpa, de rabia, de nostalgia, de preguntas sin respuestas. Y al mismo tiempo, es lo que es: la confirmación de que seguimos vivos, de que casi todo está fuera de nuestro control, y de que el sufrimiento no constituye un mérito, sino algo que a todos los seres vivos nos atraviesa sin excepción.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/