Siete horas y cuarenta minutos diarios. Ese es el tiempo que las mujeres colombianas dedican al cuidado no remunerado, más del doble que los hombres. Mientras tanto, el mundo laboral sigue premiando a quien vive como si nadie necesitara ser cuidado.
Hay un tipo de trabajador que el mercado laboral recompensa sin cuestionamientos: el que siempre contesta, el que nunca apaga el celular, el que puede viajar en cualquier momento y trabajar hasta altas horas sin objeciones, el que jamás pide salir antes para cuidar a alguien en casa, bien sea porque lo llaman del colegio, porque su mamá tuvo una cita médica o porque alguien necesita apoyo.
Ese «trabajador ideal» parece emanar eficiencia, pero la realidad es que perpetúa exclusión.
La mayoría de las personas, en algún momento de la vida, asumimos responsabilidades de cuidado, bien sea porque llegan los hijos, o porque los padres ya mayores requieren atención, o porque en algún momento hay que enfrentar situaciones con familiares enfermos o personas con discapacidad.
Sin embargo, la cultura laboral que nos rige nos hace sentir culpables ante la necesidad de cuidar, y lo más grave es que al premiar la disponibilidad constante, se exacerban las dificultades y desigualdades de quienes asumen el cuidado, reforzando la premisa de que el «trabajador ideal» es aquel que no cuida o, en definitiva, lo delega en otros. Y ese otro, en la mayoría de los casos, es una mujer.
La realidad colombiana confirma esta dinámica estructural.
Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), en Colombia 9 de cada 10 mujeres realizan trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, frente a 6 de cada 10 hombres. Las mujeres no solo participan más en estas labores, sino que le dedican en promedio cerca de 7 horas y 40 minutos diarios, mientras que los hombres destinan alrededor de 3 horas. Es decir, más del doble del tiempo, una brecha que evidencia que la carga del cuidado sigue recayendo de manera desproporcionada sobre ellas.
La economista Claudia Goldin, premio Nobel de Economía en 2023, lo ha demostrado al analizar los llamados «trabajos codiciosos», aquellos que recompensan la disponibilidad total y los horarios impredecibles. Estos amplían las brechas debido a que se les paga mejor a quienes pueden dedicar tiempo ilimitado al empleo remunerado.
La mayoría de las veces esto se presenta como «compromiso» y se premia como meritocracia, pero en el fondo es un sesgo estructural.
Seguimos operando con un modelo laboral diseñado para un trabajador que tenía a alguien en casa asumiendo el cuidado. Un modelo que desconoce que las mujeres se insertaron activamente en el mercado laboral y que el cuidado precisa de la corresponsabilidad masculina, además del reconocimiento como una actividad primaria que impacta en la economía y la vida familiar.
Como estamos ahora, la estructura del trabajo premia ausencias familiares, horarios impredecibles y presentismo ilimitado.
Al final, la discusión es sobre qué entendemos por progreso, porque un país que organiza el trabajo ignorando la realidad del cuidado en el interior de las familias exacerba la desigualdad, además de la injusticia.
La verdadera modernización consiste en diseñar instituciones capaces de sostener la vida mientras se produce riqueza.
Cuando el trabajo obliga a vivir como si nadie necesitara cuidar ni ser cuidado, estamos ante un modelo obsoleto, no ante uno exigente. Un modelo que confunde la disponibilidad permanente con el compromiso y que castiga sistemáticamente a quienes sostienen la vida mientras producen riqueza.
Los países que no lo entiendan a tiempo no solo perderán talento, sino la posibilidad de un futuro sostenible.
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