Sobre el municipio chocoano que siempre vota diferente, y sobre la necesidad de juzgarlo por un tarjetón y no por su historia.
Cada vez que el Chocó vota, hay un municipio que se sale del mapa. Mientras el departamento se pinta de un color, El Carmen de Atrato, mi municipio, se pinta del contrario, y entonces empieza el murmullo de siempre: que si El Carmen es la oveja negra, que si en el fondo es Antioquia disfrazada de Chocó, que si vota así porque “esos no son chocoanos de verdad”. Vale la pena detenerse ahí, porque casi todo lo que se dice sobre El Carmen para explicar nuestro voto parte de un malentendido histórico, y termina en una injusticia.
Empecemos por el malentendido. Existe la idea de que El Carmen “antes era de Antioquia” y que en algún momento hubo un intercambio territorial que nos dejó en el Chocó. No fue así. El Carmen de Atrato se fundó el 21 de junio de 1874 —este año cumplió 152— por un grupo de colonos que venían de Jericó buscando caucho. La historia que se cuenta de generación en generación es real: en el camino, ya en plena selva, una de las hijas de los fundadores, Luis Agudelo Arroyave y Celedonia Ortiz, fue mordida por una culebra, y don Luis le prometió a la Virgen del Carmen que, si la niña sanaba, fundaría en ese territorio un pueblo cuyo nombre sería en honor a la Virgen del Carmen. La niña sanó. El pueblo se llamó El Carmen, y “de Atrato” porque justo ahí, en el cerro del Plateado, nace el río Atrato y baja a bañar al municipio antes de volverse la arteria fluvial más importante del Chocó. Esa es la partida de nacimiento. No hay trueque, no hay canje.
Lo que sí hubo, y de ahí viene la confusión, fue un vínculo profundo pero eclesiástico con Jericó. Desde 1915 hasta 1954, la parroquia de El Carmen perteneció a la Diócesis de Jericó, en Antioquia, donde funcionaba el seminario de la región. Apenas en 1954 pasó al Vicariato Apostólico de Quibdó, hoy Diócesis de Quibdó. Es decir: el carmeleño rezaba mirando hacia Jericó, pero administrativamente ya era chocoano desde el siglo XIX. Hubo, sí, un fugaz “departamento de Jericó” que en 1908 —en aquella manía del presidente Rafael Reyes de inventar y borrar departamentos— alcanzó a anexarse a El Carmen por decreto; pero ese departamento murió en 1910 y El Carmen volvió al Chocó, al que nunca dejó de pertenecer en serio. Si alguien quiere hablar de despojos territoriales en esta esquina del país, el verdadero no tiene que ver con El Carmen: fue el Chocó perdiendo el Urabá y la banda oriental del Atrato a manos de Antioquia, en esas mismas reformas. El mito, curiosamente, invierte la historia.
¿Por qué entonces El Carmen “no parece Chocó”? Porque es un Chocó distinto y además mestizo. Está a 1.700 metros de altura, en la cordillera Occidental, con clima templado y neblina andina, más parecido al suroeste antioqueño que al Pacífico húmedo. Nuestra gente es triétnica —campesinos paisas, comunidades indígenas emberá katío y chamí, y población afro— y hablamos con acento paisa. Pero hablar como paisa no es ser antioqueño, igual que tener el corazón en el Chocó no exige un solo acento. Como escribió una periodista carmeleña: somos paisas que nacimos en el Chocó, y somos chocoanos de corazón. El Carmen es la puerta de oro del departamento, no su excepción avergonzada.
Ahora, lo difícil. Para entender por qué El Carmen vota como vota, hay que entender lo que vivimos. Y lo que vivimos fue la guerra entera, por todos sus flancos.
En la vereda Guaduas de El Carmen nació, el 18 de octubre de 1993, una guerrilla: el Ejército Revolucionario Guevarista, el ERG, una disidencia del frente Ernesto Che Guevara del ELN, comandada por los hermanos Sánchez Caro, campesinos del propio municipio. Que naciera ahí una guerrilla terminó marcando a El Carmen con un estigma que no merecía, porque a la gente del pueblo esa guerra nos costó todo. El ERG confinó al municipio, reclutó menores, secuestró, extorsionó. Y no fue el único actor: por la carretera entraron también los paramilitares del Bloque Élmer Cárdenas de las AUC, que masacraron en El Siete en 1996, arrasaron la vereda Guaduas en 1998 y mataron en La Argelia en el 2000, con el argumento siniestro de que venían a “limpiar el pueblo de guerrilleros”.
El golpe más recordado llegó el 5 de agosto de 2000, cuando las FARC —el Frente 34, que bajó desde Urrao— se tomaron la cabecera. Saquearon y volaron el Banco Agrario con cilindros de gas, destruyeron la estación de Policía y el palacio municipal, emboscaron a los soldados en las vías de acceso. Murieron policías y civiles, y el pueblo quedó en escombros. Solo ese año hubo más de tres mil víctimas. Conviene desmentir aquí otra versión que circula: esa toma no fue obra del ERG. El ERG era una guerrilla carmeleña, y precisamente por eso no le convenía destruir su propia casa; ni él ni el ELN tenían la doctrina ni la potencia de fuego para tomarse cabeceras municipales. Fueron las FARC, y así lo reconocieron sus excombatientes ante la Comisión de la Verdad en 2022.
El ERG, por su parte, fue la primera guerrilla del país en dejar las armas dentro de la Ley de Justicia y Paz: se desmovilizó el 21 de agosto de 2008, en la vereda Guaduas, bajo el gobierno de Álvaro Uribe. Cuarenta y cinco hombres y mujeres entregaron los fusiles en la misma vereda donde había empezado todo.
Sumando todo, la cuenta es brutal: la Unidad para las Víctimas registra más de diez mil personas afectadas por el conflicto en El Carmen (cerca de siete de cada diez habitantes), una toma guerrillera, al menos cuatro masacres y cientos de asesinatos selectivos. Un pueblo que fue despensa agrícola del Chocó terminó siendo, durante años, uno de los corredores más temidos del país.
Con esa biografía, el voto de El Carmen deja de ser un misterio. Mientras buena parte del Chocó vota pensando en la desigualdad, la redistribución y el abandono estatal —y tiene todas las razones para hacerlo—, en El Carmen votamos pensando en no volver a vivir lo que vivimos. Para un pueblo que enterró a sus muertos y barrió sus propios escombros más de una vez, la palabra “seguridad” no es una consigna abstracta de campaña: es una memoria física. Por eso, elección tras elección, el municipio se inclina por las propuestas de orden y de mano firme. En 2022, cuando el Chocó se volcó por Petro y Francia, en El Carmen ganó Rodolfo Hernández en las dos vueltas. Esa es la “anomalía”.
Y aquí está el punto que de verdad importa. Que El Carmen priorice la seguridad no lo convierte en un municipio de derecha, así como ningún pueblo es de un solo color por el resultado de una elección. Nosotros. votamos desde una herida, no desde una ideología. Reducir ese voto a “los carmeleños son godos” o “esos no son del Chocó” es repetir, en versión electoral, el mismo estigma que ya cargamos cuando nos señalaron de guerrilleros por haber dado, muertos de miedo, una posada y un plato de comida a quienes llegaron armados a nuestro territorio. La propia Comisión de la Verdad lo pidió con todas las letras: que cese la estigmatización sobre El Carmen de Atrato.
El departamento que reclama —con toda la razón— no ser estigmatizado por el resto del país no debería estigmatizar a uno de los suyos por la forma en que marca un tarjetón. El Carmen no vota distinto porque sea ajeno al Chocó. Votamos distinto porque somos un pedazo del Chocó al que la guerra les enseñó, a sangre y fuego, a temerle al desorden. Entenderlo no obliga a compartir nuestro voto. Pero sí obliga, por lo menos, a dejar de juzgarnos desde la comodidad de quien no tuvo que recoger a sus muertos del piso del parque.
El Carmen no es la excepción del Chocó. Es el Chocó cargando, también, esta memoria.
Otros escritos de este autora: https://noapto.co/ximena-echavarria/