El momento de no callar

¿Cuándo un suceso se vuelve histórico? ¿Cuándo el poder se transforma en tiranía? ¿Cuándo la sospecha se convierte en certeza?

En una clase de historia de cualquier colegio se narran los hechos pasados como verdades absolutas. Ante las aberraciones ocurridas antaño no queda más que una posición unánime y de condena. Sin embargo, enfrentar los hechos presentes tiene una complejidad especial: un matiz marcado por ser contemporáneos a la época, por ser parte de esa historia que se está escribiendo y sobre la cual todavía no hay certeza.

En 2003 nace ICE, por sus siglas en inglés, que se traduce como el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos. Esto ocurre dentro de un paquete de política pública que se originó como respuesta a los sucesos terroristas del 11 de septiembre de 2001. En medio del daño causado a un país, la presión internacional, la gravedad de los hechos, las muertes, el miedo, el descontento y el rechazo ciudadano, y un Estado que busca cumplir con las expectativas de sus dirigidos, la conversación entre migración, frontera, terrorismo y seguridad nacional entró en una relación de codependencia que empezó a marcar un rumbo sin un destino claro.

Mientras tanto, en otras latitudes, la falta de oportunidades, la desigualdad profunda, la violencia, el narcotráfico, la corrupción y los rezagos de las épocas de colonización movilizaban ciudadanos entre fronteras, algunos por la vía reglada, otros por la opacidad. Pero, al final, con el propósito común de buscar un mejor futuro.

El primer gobierno de Trump, entre 2017 y 2021, se erigió, en sentido literal, sobre el concepto y posterior semiconstrucción del muro en la frontera con México. Si bien no fue el muro que el Trump candidato prometió, pues al final no lo pagó México ni fue de la magnitud pensada, sí instaló una idea marcada frente a la migración, las fronteras y la seguridad de los Estados Unidos: la idea de que este era un asunto que movía electores, que era de interés nacional y que, además, merecía una atención especial.

ICE, entre tanto, en 2023 cumplía 20 años de creado y, como cualquier proceso evolutivo, fue adquiriendo personalidad, vocación y una forma de presentarse. No solo por sus reglamentos y marco institucional, sino por los hechos y sucesos, por su experiencia de vida. A partir de ahí se logra entender que ICE no es una vana oficina migratoria. Es una agencia federal que usa armas y cuenta con capacidad de investigar, detener, deportar y, aquí un elemento determinante, usar la fuerza en nombre de la seguridad nacional de los Estados Unidos de Norteamérica.

El 13 de julio de 2026, Johan Sebastián Durán Guerrero, colombiano de 26 años, fue baleado durante un operativo migratorio de ICE. El 7 de julio de 2026, Lorenzo Salgado Araujo, mexicano de 52 años, fue igualmente baleado durante un operativo del mismo origen. Los sucesos son objeto de investigación. Sin embargo, mientras llegan los resultados judiciales, para mí estas muertes tienen un nombre político y moral: asesinatos.

En particular, la muerte de mi connacional colombiano, menor que yo, y quien, según las primeras versiones de familiares y personas cercanas, tenía permiso de trabajo, me hizo preguntar seriamente en qué momento de la historia estamos: ¿la sospecha es certeza? ¿El poder ya es tiranía? ¿Las clases de historia de los colegios, en un futuro, contarán esto con la unanimidad con la que hoy se narran otros hechos aberrantes?

Sumado a esto, en la memoria individual, que eventualmente podrá ser colectiva, aparece el caso de la representante a la Cámara del Partido Conservador Ángela María Vergara, quien entre lágrimas denunció en febrero de 2026 la retención de su hijo por parte de ICE. Casi un mes después, él pudo solucionar su situación y regresar a Colombia. Y finalmente, el caso del activista colombiano Beto Coral, quien hasta el momento de la escritura de esta columna sigue retenido por ICE.

En medio de esta situación, solo puedo pensar que cuando el discurso empodera las armas y la autoridad, sin autorresponsabilidad, sin una moral humana o sin un límite claro, el riesgo es demasiado alto y las consecuencias ya las conocemos: falsos positivos, campos de concentración, genocidios y todo aquello que la historia, tal vez, nos contará en el futuro.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/ramon-de-los-rios/

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